Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Este decisivo, quizá brillante, mes de julio.


MADRID, 01 (OTR/PRESS)

Acabamos de entrar en otro mes decisivo, en el que van a ocurrir necesariamente muchas cosas. Bueno, en realidad todos los meses son ya decisivos. Todos los meses hacen ya historia en esta nueva era que comenzó con la década y está cambiando profundamente tantas, tantas cosas en nuestras vidas. Pero este julio, ya este lunes, vamos a comprobar si la débil lucecita que creíamos divisar al final del túnel es o no un espejismo. Que personalmente yo, inveterado optimista, creo que no lo es.

Los mortales estamos en manos de nuestros representantes, a los que nosotros hemos elegido para que solucionen nuestros problemas. Ahora, Mariano Rajoy es el hombre con más poder sobre nuestras cabezas, y no me vengan con que está -que lo está- condicionado por mandatos exteriores, o por los «halcones» de su partido -que no lo está- o por la eficacia o ineficacia de algunos de sus ministros -que me parece que tampoco-. Simplemente, el presidente que elegimos el pasado mes de noviembre acaba de sortear, a trancas y barrancas, el cabo de las tormentas y ante él se abren dos caminos:

-Seguir gobernando en solitario, apoyado ocasionalmente por los nacionalistas catalanes, que ven con temor cualquier acuerdo entre los grandes partidos nacionales. Es, sin duda, una opción posible y me parece que hasta probable. Rajoy sabe que el PSOE está debilitado, con Rubalcaba atravesando una crisis de liderazgo y que por ese lado no le pueden venir demasiadas angustias.

-Buscar el gran pacto en un triple frente: el político (con el PSOE y otros partidos), el sindical (nuevos pactos de La Moncloa), el autonómico (giro radical en la marcha actual de las autonomías).

Siga el camino que siga, Mariano Rajoy demostrará que es un estadista si se pone al frente de los cambios, también los a medio plazo, que vienen haciéndose imprescindibles y empieza a hacer política, que es lo contrario de jugar al despiste sobre sus intenciones o, peor, lo contrario de improvisar cada día el camino a seguir, mecido por los bandazos europeos.

Política, en su mejor sentido, se llama a impulsar las reformas constitucionales, comenzando por las del Título VIII sobre las autonomías y siguiendo por las electorales, buscando en eso un consenso muy amplio (e imprescindible), porque si la Constitución se queda obsoleta acabaremos pagándolo muy caro. Política es también potenciar, en lugar de relegar, el papel del Parlamento, proteger la independencia del poder judicial y de los medios de comunicación públicos y comparecer periódica y frecuentemente ante ese Parlamento y ante esos medios, públicos y privados.

Política es, a mi modo de ver, procurar que, ya que no se nos pueden dar alegrías en el plano económico, sino más bien lo contrario, los españoles recibamos el consuelo de avances en otros campos, relacionados con una mayor igualdad, mejoras en las libertades y en la participación ciudadana en la tarea de gobernar. Es urgente un plan de regeneración nacional en ese sentido, y ahí también creo que puede llegarse a un consenso con las oposiciones.

En España, donde habitualmente se ha gobernado desde siempre, quizá con la mejor de las intenciones -o no-, a espaldas de la ciudadanía, se ha aprovechado tradicionalmente el mes de julio, prevacacional pero ya mirando hacia las vacaciones, para dar pasos políticos de trascendencia, desde efectuar remodelaciones ministeriales hasta, allá por el lejano 1969, decretar la persona que habría de suceder al entonces jefe del Estado. Julio siempre ha sido, así, mes políticamente importante, y este año debe serlo también en lo económico, hasta donde ambos planos no sean una misma cosa. De Rajoy, un hombre de cuya independencia de criterio no cabe dudar y que, por tanto, se deja influenciar por muy poca gente, va a depender que este mes, en el que ya digo que inevitablemente van a pasar muchas cosas, sea, además, un mes brillante. No nos falles, Rajoy, en el momento más decisivo de tu/nuestra/s vida/s.

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