Francisco Muro de Iscar – Nombrar y cesar.


MADRID, 01 (OTR/PRESS)

En eso de la política los gobernantes tienen que se expertos digitales y la mayoría lo son. Cuando Rajoy o Rubalcaba señalan a alguien con el dedo -no me refiero a que lo hagan físicamente, una costumbre fea, basta con manejar una lista- pueden enviar a uno al Tribunal Constitucional, a un Ministerio, a la presidencia de RTVE o a la dirección general de lo que sea. Imaginen lo importante que es saber dónde va a apuntar el dedo que mueve los cargos. Una vez que el dedo apunta en dirección a un nombre, el interesado suele recibir la llamada 24 o 48 horas antes de que se anuncie el nombramiento para evitar filtraciones. La mayoría acepta inmediatamente lo cual habla mucho de la alta opinión que cada uno tiene de sí mismo y la escasa autocrítica acerca de si están o no preparados para ejercer ese cargo que, en la mayoría de los casos está peor pagado que un puesto similar en la empresa pública. Misterios de la vida.

Cuentan que hace muchos años a un personaje de la España periférica la ofrecieron un Ministerio y él no discutió la idoneidad para el cargo sino un solo problema: que no tenía piso en Madrid. La Junta de Andalucía, donde el PSOE gobierna desde que la Junta es Junta, no hace exámenes de idoneidad a sus candidatos, pero, al parecer, solucionó hace tiempo el problema de la vivienda pagando un alquiler de 1.900 euros mensuales a los que tuvieran que trasladarse de Jaén o Córdoba a Sevilla. Eso es eficacia.

Nombrar a alguien es fácil, pero cesarlo digitalmente, también. Basta con disponer del BOE. Mi suegro, que era un auténtico caballero, tenía una costumbre poco frecuente. Cuando acudía a una toma de posesión donde el nuevo y el cesado eran amigos, acompañaba siempre al cesante hasta la salida. Mientras arriba había colas para el besamanos, abajo sólo iban dos o tres. La victoria tiene muchos amigos y la derrota, casi ninguno. La mayoría de los ceses, gobierne quien gobierne, y aunque el sustituido sea del mismo partido que el entrante, se hacen casi siempre con el mayor desprecio a las personas. No importa que hayan desempeñado bien o mal su cargo. Les avisan casi media hora antes de que vaya a salir su nombre y ni les agradecen los servicios prestados.

El que entra en un cargo público sabe -o debe saber- que es un interino que puede ser cesado en cualquier momento. Pero quien trabaja bien, quien cumple su función y presta un servicio a la sociedad con entrega, con éxito y con lealtad, merece un respeto y debería ser relevado cuidando las formas. A algunos, en lugar de agradecerle los servicios prestados parece que les despiden como si hubieran hecho un desfalco. Da igual la izquierda que la derecha, la derecha que la izquierda. Debe ser ese poder «digital» que permite administrar el Estado como si fuera un cortijo.

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