Cayetano González – El Parlamento.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

En el sistema institucional del que nos dotamos los españoles en 1978 al aprobar la Constitución, las Cortes Generales -Congreso y Senado- tienen un papel fundamental como queda de manifiesto en el artículo 66.2 de la Carta Magna: «Las Cortes Generales ejercen la potestad legislativa del Estado, aprueban sus Presupuestos, controlan la acción del Gobierno y tienen las demás competencias que les atribuye la Constitución», reza dicho artículo.

Quiero detenerme especialmente en la función de controlar la acción del Gobierno, porque la experiencia indica que cuando un partido, como es el caso actual, tiene mayoría absoluta, la tentación más fácil es rehuir de mil maneras ese control parlamentario. Ahora le está pasando a Rajoy, pero de la misma manera le sucedió a Felipe González y a Aznar en los años que gozaron de mayoría absoluta. Si en las Cortes Generales reside la soberanía del pueblo español y allí están los representantes de este, se entiende muy mal que los debates políticos de las cuestiones que afectan directamente a los ciudadanos, tengan lugar antes, por ejemplo, en los medios de comunicación o en diversos foros de opinión que en el propio Congreso y Senado. Pero insisto que esa es la tentación en la que suelen caer aquellos gobernantes que gozan de una mayoría absoluta y por lo tanto, pueden bloquear, retrasar o rechazar en los órganos de gobierno de las Cámaras, las comparecencias, debates, comisiones de investigación que solicitan los distintos grupos de oposición. Y algo de esto le está pasando a Rajoy.

El actual presidente del Gobierno no es que rehuya el control parlamentario, porque entre otras cosas, hay tasados unos Plenos de control donde los diferentes grupos parlamentarios le pueden plantear preguntas, aunque eso sí, con un tiempo muy limitado tanto en la formulación de la cuestión como en la respuesta. Pero tampoco se está excediendo en sus comparecencias. Las limita a las absolutamente imprescindibles. Por ejemplo, la próxima semana no tendrá más remedio que comparecer para informar de la importante cumbre europea que tuvo lugar hace unos días en Bruselas y donde Rajoy obtuvo unos resultados bastante satisfactorios para los intereses españoles.

Parece evidente que en la actualidad, la vida política en el Congreso, y no digamos nada en el Senado, carecen de la vitalidad, del ritmo, que la situación de crisis que vivimos exigiría. Eso alimenta las críticas y el escepticismo de una buena parte de la población hacia unas Instituciones y unos políticos que forman parte de ellas, planteando incluso la necesidad de las mismas en su actual formulación. Unas críticas que a veces son exageradas e incluso con un cierto tinte demagógico, pero a las que tampoco les falta una parte de razón. Por eso, la solución está en manos de los políticos: demostrar que las Instituciones son útiles no para ellos, sino para los intereses de los ciudadanos a los que dicen representar.

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