Fernando Jáuregui – Y a todo esto, ¿dónde queda la sociedad civil?


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

¿Sirvió de algo el tan seguido debate parlamentario de este miércoles? Puede que sí, si nos limitamos a constatar que Rajoy nos informó de lo que piensa hacer en el inmediato futuro. Pero no hubo mucho más: aquel que aspirase a ver sus aspiraciones personales, o colectivas, plasmadas en este importante acto en el Parlamento, temo que salió defraudado. La sociedad civil sigue sin contar para nada, o casi nada, en el devenir de la política oficial.

Asisto al debate sobre política económica -en teoría, sobre la pasada «cumbre» europea- en el que Mariano Rajoy lanzaba su batería de medidas «duras» que tendrán, en un futuro inmediato, doloroso reflejo en nuestros bolsillos.

Rubalcaba le responde pidiendo un «gran acuerdo nacional», al que también se suma Rosa Díez, de UPyD. Esto no es el desaparecido -temporalmente, espero- debate sobre el estado de la nación, pero no deja de ser un remedo, aunque solamente sea una breve maqueta de lo que debería ser un verdadero acto de protagonismo parlamentario. El único acto en el que, desde hacía demasiadas semanas, los parlamentarios iban a tener ocasión de confrontar ideas en «su» Cámara, que también es «nuestra» Cámara.

Me quedo, además de con la enumeración de la lista de «recortes» que ha llevado a cabo Rajoy, con las constantes llamadas a que no es este el tiempo de confrontaciones, sino de acordar medidas «incómodas», cuya aprobación al primero que le disgusta es al propio Mariano Rajoy, según reconoce el interesado. Un clima de cierta concordia, con las excepciones que confirman la regla, recorrió este miércoles el hemiciclo de la Cámara Baja, aunque parece que seguimos estando lejos de ese pacto nacional que Rubalcaba dijo pretender, eso sí, tras haber desarbolado con sus críticas la totalidad de la política económica del Ejecutivo del PP.

Sin embargo, a través de las distintas intervenciones de representantes de los grupos parlamentarios pudo comprobarse que existe una mirada mucho más puesta en las instancias europeas, en las agencias de calificación y en los medios de comunicación extranjeros que en la ciudadanía española a la que se dice servir. Esa ciudadanía que presuntamente centra las preocupaciones de los gobernantes y de quienes aspiran a serlo, aunque jamás se la consulte.

Algunos portavoces acusaron a Rajoy de hablar solamente «para una parte» de la sociedad. Pero ellos tampoco parecían demasiado preocupados por hacer «una política para el pueblo, pero con el pueblo», más allá de sus llamadas de apoyo a los mineros -Rajoy ni los citó–, que en esos momentos recorrían Madrid.

De estos debates se sale un poco como el negro del sermón: con la cabeza caliente y los pies fríos. Muchas cifras y datos controvertidos, algunas manos tendidas en el vacío. Frases brillantes, más o menos cáusticas con el Gobierno. El caso es que Rajoy ni siquiera respondió a la oferta de Rubalcaba de «sentarse juntos» para hacer un plan «para 2013, 2014, 2015». Comprendo la frustración del desdibujado líder de la oposición. Y comprendo la contrariedad de esa sociedad civil a la que nunca, jamás, se le consultan las decisiones que toman los gobernantes.

Una democracia no es, me temo, la que se practica apenas una vez cada cuatro años, votando. Eso, a veces, algunos de nuestros políticos no parecen comprenderlo, y por eso jamás consultan con los estamentos interesados un proyecto de ley, y menos un decreto. No se dan cuenta de que el Parlamento se ha convertido en una torre de marfil y que es urgente encontrar las llaves para abrirla a la ciudadanía. No puede cumplir su misión sobre las cabezas de todos, sin bajar nunca a tierra. fjauregui@diariocritico.com

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