Andrés Aberasturi – De Génova a Ferraz.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Alguna vez, cuando en Grecia se manifestaban día sí día también frente a las exigencias de sus fugaces gobiernos y los mandatos de Bruselas, escribí sobre ese sentimiento ambivalente que me producía el espectáculo: por una parte entendía a los que se manifestaban y hasta aceptaba que mi sitio hubiera estado con ellos frente al poder; pero por otra me daba cuenta de que por más manifestaciones que se hicieran, la realidad económica de Grecia era la que era y eso no se cambia ni con pancartas en las calles ni por un decreto de los responsables del gobierno de turno. Cuando se está -cuando al final te ponen y te pones- entre el sacrificio y el desmoronamiento, sólo te queda la opción del sacrificio.

Y ahora estamos en las mismas solo que aquí, en esta España que ZP se empeño en hacer vivir alegra y confiada. Y uno comprende a los mineros -no vale decir que los problemas son los mismos para unos que para otros porque la minería, como la pesca, es casi una cultura, un estilo de vida- y comprende a los funcionarios y a los autónomos y a los jubilados y a los de la cultura y a los farmacéuticos, y a los de la sanidad… a todos esos sin nombre ni lemas que ahora llenan las calles de forma espontánea sin necesidad de llamamientos de los líderes sindicales y van de Génova a Ferraz, del PP al PSOE haciendo parada ante el Congreso porque son conscientes de que las culpas hay que repartirlas y de que, en todo caso, los partidos no les representan. ¿Y cómo decirles, cómo decirnos que sí, que es posible que tengan razón pero que hemos llegado demasiado lejos y demasiado tarde?

Es que ya no hay margen para otras maniobras, no queda un euro y vivimos de prestado y para devolver lo que nos prestan, tenemos que volver a pedir prestado y así todo el tiempo y al final nuestro mayor gasto es devolver la deuda que se acumula y nos ahoga. No es fácil explicar esto al ciudadano medio, al estafado por un banco o una caja, al que acaban de despedir o al que tiene un par de hijos en el paro. Y menos aun si esa indignación -que no es monopolio de los de la Puerta del Sol- no se mitiga al menos con gestos, aunque sólo sean gestos, de los que gobiernas y legislan. ¿Cómo puede el alcalde de Barcelona, el convergente Trías, llegar de China y calificar de disparate la regulación de los sueldos de los alcaldes cuando él cobra mas de cien mil euros (dietas y sobresueldos al margen)? Y esto es lo que cabrea, que no sólo cobren lo que cobran sino que, encima, lo vean muy natural.

Otra cosa es lo de los sindicatos anclados en el tiempo que dejan para después de las vacaciones la huelgas generales. Los sindicatos tiene la sana costumbre de montar huelgas generales a todos los Gobiernos hasta el punto de que alguna vez he dicho que si en una legislatura no te montan una huelga general, no eres nadie. El problema es que las huelgas sindicales cada vez son menos generales y no sirven para nada. La gente no cree en ellos porque ellos ha dejado de representar a la gente y -como los partidos- se han convertido en máquinas de poder, en empresas monopolizadoras de una representatividad que se les supone pero que en realidad no tienen.

No sé que va a pasar. Pero esta guerra por el euro no se gana en la calle. El Gobierno debería entender el mensaje de todas estas manifestaciones y tener el valor para cortar donde menos se atreve: en un estado absolutamente disparatado que se ha hecho fuerte y que, como Trías, no está dispuesto a renunciar a sus prebendas. Pues es ahora o nunca. Ellos sabrán.

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