Fernando Jáuregui – El Gobierno cambia su agenda.


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

El Gobierno está teniendo que cambiar su agenda. He podido ser testigo de ello dos veces en esta semana, una en Mérida y otra en Toledo: dos ministras que tenían que haber acudido a actos oficiales desistieron a última hora de hacerlo, alegando motivos diversos.

Pero la razón verdadera es que los miembros del Gobierno se sienten estos días acorralados por los manifestantes, sobre todo funcionarios, que salen a la calle por toda España y aprovechan cualquier acto público para hacer oír su protesta, consiguiendo así un altavoz suplementario para expresar su indignación, como ocurrió hace dos días en Zaragoza con motivo de una visita de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Por eso, los ministros, y no digamos ya el presidente, y también varios presidentes de comunidades autónomas del PP, tienen que ocultar sus agendas, evitar anunciar qué actos van a protagonizar, adónde van a ir, qué planes tienen.

En siete meses, el Ejecutivo de Mariano Rajoy está aún más acorralado que el de Zapatero en siete años de mandato. El anterior presidente apenas podía salir a la calle sin sufrir las pitadas de los transeúntes, o de los grupos organizados encargados de protestar; Rajoy ya ni intenta pisar la calle, se sabe que ha suspendido su presencia en algún acto y las previsiones acerca de qué hará o no en determinados momentos de la semana próxima son inciertas. Tal es la inseguridad que generan las manifestaciones, tal es la falta de decisión a la hora de encararlas.

Me siento poco proclive a salir a la calle a manifestarme, y menos aún a suscribir huelga de protesta alguna. Pero tampoco saldría en apoyo del Gobierno -ni de este, ni del anterior-: creo que es la hora de los estadistas y aquí nadie actúa en plan estadista. Pienso, por el otro lado, que, por ejemplo, convocar un paro ferroviario para comienzos de agosto es una forma de fastidiar a la población, pero que, por ello mismo, tendrá escaso apoyo de la ciudadanía. Y tampoco estoy seguro, pese a mi convicción en la mucha razón que tiene la mayor parte de las protestas, de que parar las calles en las horas punta sea la mejor forma de enfrentarse a una situación de hecho quizá inevitable, quién sabe.

Puesto a no estar seguro de casi nada, tampoco lo estoy de que este Gobierno, a, cuyo presidente respeto, me guste. Demasiado encerrado en sí mismo: no hace Política, sino macroeconomía. Ni me convence esta oposición errática y dividida en sus estrategias, pese a que extiendo mi respeto a su líder, Alfredo Pérez Rubalcaba, al menos en sus momentos de mayor rigor táctico. Pero sí sé que el Ejecutivo del PP, con todos sus fallos -que, por cierto, no son pocos-, es lo único que tenemos ahora para sostener el tinglado. Por ello me dan miedo algunas posiciones extremas, incluso de compañeros comentaristas, que piensan que es momento de convocar elecciones, ya que el Gobierno es incapaz de mantener el programa electoral con el que ganó.

Andamos con las instituciones tambaleantes, con las convicciones erráticas, con la seguridad jurídica bajo mínimos: es preciso apoyar a un Gobierno que ha mostrado buena voluntad en lo que le dejan, sinceridad en lo que conviene. Apoyarlo con todas las críticas que se quiera -y podríamos hacerle muchas- para que el barco tenga, al menos, un timonel al que poder responsabilizar del desastre total, si es que este desastre llega, que yo no lo creo. De momento, el desastres es que el Gobierno se sienta tan acorralado, tan en precario, que sus miembros no se atrevan ni a salir a la calle para tomar contacto con ella, como es obligación de un gobernante.

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