Fernando Jáuregui – Las cañas de Cándido


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Ahora increpan a Cándido Méndez por haber entrado en un bar a tomar una caña durante la manifestación del jueves en Madrid. Como si, por una parte, no hubiera cosas más serias que criticarle al líder de UGT, persona que, por lo demás, me parece responsable, mesurado y que practica un funambulismo inteligente, pero imposible. Lo peor es que algunos se empeñan en disimular, tras el episodio de las cañas, el verdadero significado e importancia de la salida a la calle de cientos de miles de personas en toda España.

Estuve en la manifestación de Madrid, cumpliendo una obligación de periodista y satisfaciendo una curiosidad ciudadana -no me ha gustado nunca convertirme en participante de una manifestación pudiendo ser lo que soy, un mero observador- y constato varias cosas: una, que allí no había provocadores, ni indignados profesionales, ni perroflautas; dos, que los que se echaron a la calle no eran solamente funcionarios; tres, que allí había bases del PP que protestaban contra la política económica del Gobierno; cuatro, que los que allí estaban no se alineaban de manera unánime con las proclamas del PSOE ni de los sindicatos. Creo que la mayoría estaba por encima de peleas de partido o/y de sindicatos.

Era una expresión más de ciudadanos corrientes, como usted y como yo, que están, simple y llanamente, cabreados y aún más asustados. Algo de razón tendrá quien, con su hijo a hombros, sale a participar, con cuarenta grados de calor rebotando en las aceras, en una muestra de protesta creo que no solamente contra los recortes, ajustes o como quiera usted llamarlos; me parece que algo había también de queja contra una forma de gobernar que no es solamente patrimonio de este Ejecutivo, sino que se ha convertido ya en una costumbre de la «casta». Y la «casta» prefiere denostar a un líder sindical -que claramente no ha sabido incorporarse a los nuevos tiempos, dicho sea de paso y al margen del fondo de la cuestión- por haberse ido de cañas, con el sofoco que hacía, que meditar por qué tanta gente de edades variables, tan correctamente vestida, con tan pocas ganas de fastidiar por fastidiar, se lanzó a tomar las ciudades un jueves veinte de julio. Sabiendo que las portadas de muchos periódicos de todo el mundo iban a abrir sus ediciones con la foto de la Puerta del Sol a reventar, con titulares como «los problemas de España se agravan».

Triste que no haya habido reacciones políticas, más allá de la de las cañas y similares, ante esta manifestación a escala nacional. Triste el silencio de los máximos dirigentes políticos, tristes las declaraciones rutinarias, partidistas, sectarias. Siguen sin comprender que esa gente que se manifiesta está atravesando la frontera de una nueva época, que exige otras formas de ejercer la representación ciudadana, hablar más con los hombres y mujeres «corrientes». Que traten de explicar en su propia cara a los funcionarios, a los parados, a los trabajadores en general, qué ideas hay para superar este estado de postración y tratar de consensuar las soluciones. Temo que, mientras este cambio no se produzca, lo nuestro no tendrá arreglo: las cañas se les van a volver lanzas.

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