De veraneo. De la esperanza de hace un año al desencanto de ahora.


Hace un año por estas fechas escribíamos sobre la dimisión de Camps, la muerte de Amy Winehouse y la situación política insostenible. El derroche y la mala gestión de los socialistas habían puesto a España en el punto de mira de los mercados y vivíamos en un estado continuo de incertidumbre. La prima de riesgo había alcanzado los 300 puntos básicos y estábamos alarmados, pendientes del adelanto electoral para poner fin a la desfeita. Nada nos hacía sospechar que un año después la prima superaría los 600 puntos, el bono a diez años el 7,5%, y que estaríamos ya no al borde del abismo, sino en caída libre hacia no sabemos dónde –aunque sí tenemos algún plano de quienes nos precedieron, léase Grecia, Irlanda y Portugal—, con un rescate a la banca a nuestras espaldas –literal—y otro rescate a punto, el de verdad, para el que no valdrían eufemismos.

Y más cosas. Hemos alcanzado tal grado de entropía, que si bien podemos tener una ligera reminiscencia de “de dónde venimos”, ya no sabemos “quiénes somos”, y mucho menos, “a dónde vamos”, las tres preguntas clave de la existencia, llevadas al universo político. Y he aquí el gran problema. Nadie parece tener idea, salvo los grandes diseñadores de la sociedad, que han decidido –y la cosa no viene de ahora—convertirnos en esclavos. Cuando hace unos años, algunos se atrevían a decir que el mundo no estaba gobernado por los políticos de turno, sino por un grupo o grupos de poder que movían en la sombra los designios de la humanidad, aparecía la sonrisa en los labios racionalistas acompañada del pensamiento despectivo “ya están los conspiranoicos con sus películas mentales”. Sin embargo, a muchos se les ha congelado la sonrisa porque en el momento actual, sus asignaturas y másteres en economía y finanzas no les ayudan a comprender este guión macabro, no entienden nada y, sin embargo, van teniendo evidencias de esos poderes ocultos que crean bancos y los quiebran a su antojo, y que en estos momentos están jugando al Monopoly, no con calles, gasolineras y hoteles, sino con países enteros, poblados por personas que son víctimas de sus macropartidas. Pero no quiero meterme ahora en este jardín y vuelvo al análisis racional con los datos oficiales.

Que Rajoy tuvo muy mala suerte, es cierto. Que no estaba preparado para bregar en una partida de trileros donde se juega la soberanía de los estados en aras de la conformación de un Nuevo Orden Mundial (NOM), también. No vamos a negar lo evidente. Rajoy hubiera sido un magnífico presidente en otros tiempos menos apocalípticos, más tranquilos, más de acuerdo a su manera de ser. Pero como la situación es la que es, y a río revuelto ganancia de pescadores, que dice el refrán, abunda la venta de cañas, redes y pinchos para la pesca de altura y de bajura. Dicen que a Gallardón ya le llega el olor de la carroña y planea sobre el cadáver de Rajoy. Rubalcaba, hecho unos zorros hace un año, hace uso de su dialéctica más esmerada y se presenta como el gran ideólogo, aconsejado por Felipe González –horror de los horrores—y se permite aconsejar y criticar a diestro y siniestro, lo cual atiranta aún más la situación. Y, olvidado ya el bochorno de la última etapa socialista, ya están soltándose sin ningún rubor los jaleadores de siempre, que ya vislumbran de nuevo a la izquierda en el poder. Ya se atreven a pedirle a Rajoy que dimita, y en los mentideros se habla incluso de elecciones anticipadas. Yo no lo creo, aunque quizá haya algún cambio drástico en los próximos meses. Y es que si Rajoy no se aprieta los machos y acomete las reformas a fondo de la Administración y de las autonomías por falta de valor, será otro quien lo haga, un no electo, un androide tecnócrata, un Monti-Papademos que no tenga inconveniente en reformar la Constitución y en abrirnos en canal si hace falta. Podría ser incluso Almunia, ya lo dijimos hace tiempo; corazón de hielo, bien visto por los socialistas y quizá por la izquierda en general, y como la derecha calla siempre aunque le meen encima, todo arreglado.

Alberto Núñez Feijóo tuvo la buena intención de reducir los parlamentarios gallegos a 60 –ahora son 75—, pero la oposición descompuesta de Galicia no está dispuesta a verse privada de estos marquesados que el Estatuto les garantiza. Son tan hipócritas e incoherentes, que se manifiestan día sí y día también contra los recortes, pero de contribuir al sacrificio por el bien de los ciudadanos, aligerando el Parlamento, nada. ¡Cómo van a renunciar a un título de nobleza caído del cielo que les permite vivir en sus castillos por encima de los ciudadanos a los que dicen representar! Un buen gesto de Alberto Núñez, después de todo, que contenta al pueblo que tendrá que ir a votar –el 21 de octubre o aproximado—, quizá para compensar el malestar de hace dos semanas por el borrador de la nueva ley sobre topónimos. Solo nos faltaba eso. Con la que está cayendo, y nuestros políticos preocupados por si escribimos La Coruña o A Coruña. Un disparate y además, caro, casi de lujo para estos tiempos en los que tenemos que pagar la ambulancia para ir a las sesiones de quimio. A no ser que nuestro PP gallego tenga la tentación de arañar el voto de los nacionalistas decepcionados con el BNG. Y claro, ni les cuento lo que dicen los peperos. Juran en hebreo. Malo en un momento en el que los sondeos indican la pérdida de la mayoría.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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(24/07/2012)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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