Rafael Torres – Al margen – La dieta de los señoritos.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Ya sabemos por qué el titular de Hacienda, señor Montoro, ríe tanto: tiene motivos íntimos, personales, para ello. Mientras pone a dieta a media España (la otra media ya no tiene qué comer), el hombre se hincha a cobrar dietas, otra clase de dietas ciertamente. Con el propósito, tal vez, de no ser menos que su jefe Rajoy, que pese a residir gratis en el Palacio de La Moncloa cobra la dieta de 870 euros mensuales que los diputados perciben en concepto de alojamiento y manutención, el ministro de Hacienda tampoco perdona su dieta (más gorda al ser diputado de fuera de Madrid) de 1.823 euros mensuales «exentos de tributación», pese a tener en propiedad no uno, ni dos, sino tres pisos en la capital. Esta elegante, ética y ejemplar actitud, compartida, creo, por todos los miembros del Gobierno con acta de diputado, contribuye enormemente, como se sabe, a que por esos mundos se confíe horrores en la probidad de la Administración española, y más, si cabe, a que los propios nacionales de ese Estado asuman con gusto y entusiasmo las privaciones y los despojos que el tal les impone porque anda canino y hay que arrimar el hombro.

En tanto que los señoritos del Gobierno y los que no son del Gobierno cobran lo que moralmente no debieran, los estafados por las Participaciones Preferentes y otros tocomochos de la banca nacionalizada, no cobran en absoluto lo que moral y legalmente sí debieran, pues se trata, ni más ni menos, que de su dinero. A éstos, cientos de miles de modestas familias españolas que cometieron el imperdonable crimen de ahorrar algo, no sólo no se les da ni un euro, siquiera en concepto de dieta de supervivencia pagada por ellos mismos, para atender las necesidades básicas de alojamiento y manutención, sino que el ministerio del señor Montoro, tan amnistiador con los defraudadores, les mira con lupa sus miserias y, a la mínima, o sin mínima, les chupa la sangre con sus paralelas y sus apremios y sus multas cuando menos se lo esperan.

Despiadadamente, implacablemente, sin un adarme de la bonhomía que exhibe el titular cuando se ríe de todo, por todo, de cualquier cosa. Demasiado amigo de lo ajeno ha resultado ser éste Estado donde tantos políticos se refugiaron, abandonando a la sociedad, por huir de la dura intemperie civil de España, y al que tantos siguen dando tientos y pellizcos pese a su comprensible bancarrota.

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