Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Un agosto que no va a ser precisamente de trámite


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Se nos va un julio de infarto y llega un mes de agosto que sin duda va a hacer que el del año pasado, tan inquietante que culminó con una reforma constitucional, parezca de calma chicha. Porque es indudable que este mes de agosto, que Mariano Rajoy comenzará recibiendo a Mario Monti en La Moncloa y en el que tiene convocados «al menos» tres Consejos de Ministros, va a estar lleno de acontecimientos, y no estoy, ay, seguro de que todos ellos vayan a ser del agrado de la ciudadanía.

Rajoy, que se enfrenta a una semana de aúpa, recibiendo en La Moncloa en primer lugar a los presidentes autonómicos del PP, ha cortado las vacaciones de todo el Gabinete y dicen que prepara, aprovechando el sigilo agosteño, algunas decisiones importantes. Puede que algunas nos gusten, otras seguro que no. De momento, el presidente ha optado por no salir a la palestra pública y no solamente se encuentra en silencio con algunos representantes de los medios a los que pide colaboración casi patriótica, lo mismo que a algunos importantes empresarios, sino que hasta se reúne en secreto con los líderes sindicales, algo que, por el contrario, estimo que debería hacer con publicidad, luz y taquígrafos, por muchas discrepancias que haya, para calmar a los críticos que dicen que el presidente es víctima ya del «síndrome de La Moncloa».

He podido observar, casi siempre desde una distancia prudencial y crítica, varios casos de este síndrome. El premier síntoma es la reclusión del paciente en el palacio de estucos, falsos mármoles y mirós. El segundo, la obsesión de que los medios de comunicación, comenzando por las televisiones públicas -«que opinan demasiado y son poco formativas»-, le abandonan. El tercero, que existe un cierto complot internacional contra España en general y contra su persona en particular. El cuarto, que los sondeos que publican los periódicos, el CIS incluido, no reflejan los verdaderos sentimientos de una opinión pública siempre voluble y a la que se le puede dar la vuelta.

Este conjunto de fenómenos suele fomentar la parálisis política del enfermo. Le ocurrió a Suárez, le ocurrió a Felipe González, le pasó, con sus propias características, a Aznar, y lo mismo a José Luis Rodríguez Zapatero, que, como su antecesor, tenía marcada su propia fecha de caducidad, y decidió formar «de hecho», casi un Gobierno de gran coalición con Rajoy incluso antes de que el PP ganase las elecciones. Creo que a Mariano Rajoy está comenzando a sucederle, a menos de ocho meses de haber comenzado a gobernar, algo similar a lo que les ocurrió, aunque habiendo pasado más tiempo en el ejercicio del poder, a sus predecesores: ya se da una cierta reclusión en Moncloa, la antipatía por los periodistas es patente, lo del contubernio exterior es, desgraciadamente, un hecho incuestionable y las encuestas se reciben en el seno del Gobierno casi ya con indiferencia.

Ignoro, la verdad, si en el entorno presidencial hay quien avisa a Rajoy de los peligros que el síndrome conlleva. A mí me parece que, a los ocho meses, parte de su elenco ministerial está quemado por la tremenda situación en la que ha tenido que desempeñarse y sería aconsejable una ligera remodelación. Las voces que reclaman un pacto para reformar aspectos importantes de la Constitución -el Título VIII, sobre las autonomías, muy en concreto_son atronadoras y me parece que Europa empieza a pedir más bien gestos políticos que nuevos saqueos al bolsillo del ciudadano español, que ya se ha empobrecido notablemente en los dos últimos años.

Desde luego que me gustaría que en el «almuerzo autonómico» de este lunes se plantease esa reforma constitucional y se tendiese la mano a las autonomías no «populares». Claro que quisiera confiar en que la presencia de Monti en Moncloa sea la antesala de otras presencias nacionales para acordar tantas cosas inaplazables. Por supuesto, me encantaría que el pacto supusiese una neutralidad efectiva de los medios públicos, y el recorte de los mismos allá donde haya que recortar (que no es poco). Ojala todo ello supusiese una ofensiva de cara al exterior, grandes periódicos y revistas anglosajones («The Economist» no era tan despiadado, recordemos, cuando publicaba suplementos publicitarios sobre España) comprendidos.

No sé cuántas de estas cosas, que sí serían, pienso, positivas, ocurrirán este mes de agosto, en el que habrá que estar muy, pero que muy, atentos a lo que desde el Gobierno, y desde la UE, se haga o se diga. Y no, que conste que no estoy pensando en esa «intervención total» que algunos medios, sin mayor conocimiento de la realidad que quienes dicen lo contrario (porque aquí nadie parece saber nada), anuncian en la loca rumorología de estas semanas, fijando incluso un cierto día de este agosto como la fecha en la que se anunciará. Calma, mucha calma. Que la calma, decía creo que Disraeli, es la principal virtud en el ejercicio de la política*antes de actuar con mano de cirujano, corazón de piedra y cerebro de hielo.

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