Andrés Aberasturi – La obscenidad de la izquierda abertzale.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Este breve comentario de hoy se puede prestar a confusiones por lo que es necesario aclarar dos cosas antes de empezar: que asumo que haya lectores que no sólo no me comprendan sino que lo rechacen categóricamente y que, pese a lo que intento defender, estoy en las antípodas del pensamiento de la llamada izquierda abertzale.

Dicho esto me atrevo a declarar que para mí no sería nada escandaloso que una sociedad -siempre de acuerdo con la Ley- excarcelara al «carcelero» de Ortega Lara, Josu Uribetxeberría, que ni se ha arrepentido de su pestilente oficio y que fue condenado nada menos que por tres asesinados y por el secuestro, también, de Julio Iglesias Zamora. Y no me escandalizaría -si de verdad las pruebas médicas determinan que tiene un cáncer terminal- porque una sociedad democrática no puede, no debe, ni aun en casos tan repugnantes como este, ponerse no ya a la altura de los asesinos sino ni siquiera manejarse por parecidos parámetros.

Allá el asesino y carcelero si no se arrepiente de sus crímenes, morirá con ellos, pero nosotros, al menos, habremos tenido la clemencia de una sociedad moralmente sana. Y en todo caso, si al final se le excarcela, será porque nuestras leyes -que nada tienen que ver con la infamia terrorista ni su vileza moral- permiten ese último rasgo de humanidad contra quien ha demostrado carecer incluso de ese instinto casi primario que es un atisbo de compasión.

Será por eso y nada más que por eso, y en absoluto pueden contar ni las dudosas huelgas de hambre planificadas de los presos etarras ni las increíblemente cínicas declaraciones de los batasunos con Martín Garitano al frente.

¿Cómo se atreven estos facinerosos a acusar al Gobierno, al PSOE incluso al tibio PNV -y menos en este caso- de actuar con «sadismo», de «disfrutar con el sufrimiento ajeno»? ¿Cómo se atreven ni siquiera a abrir la boca los que callaron y hasta justificaron los más de 500 días en el zulo de Ortega Lara y la evidente intención, una vez descubierto el lugar, de dejarlo morir de hambre y abandono si la policía no llega a dar con el mecanismo? ¿Pero cómo es posible que viéndolo todo ya con una cierta perspectiva, aun haya gente que pueda votar a una opción que calla ante los más crueles asesinatos y torturas y exige -ni tan siquiera pide- «humanidad» para los asesinos y torturadores? ¿Pero que obscenidad es esta que airea orgullosa y llena de razones la izquierda abertzale? ¿Quién ha sido aquí sádico hasta los limites mas escabrosos y quién ha parecido disfrutar con el dolor ajeno? Sólo, en este caso, hay un nombre: Josu Uribetxeberría y sus jefes que sin pestañear secuestraron, torturaron y condenaron sin juicio a un hombre inocente y bueno.

No sé qué decisión tomará el Gobierno ni soy experto en leyes. Pero si el carcelero vive sus últimos días en su casa, habremos dado otra lección a los facinerosos del abismo que nos separa y el mundo comprenderá que pese a que muchos aun no lo entiendan, aquí no hay dos bandos sino un estado de derecho y un puñado de desalmados que poco tienen que ver con los sentimientos que se atribuyen a los seres humanos.

Qué difícil sigue siendo entender a los votantes que arropan a esta gente. Ni la independencia ni ningún sentimiento patriótico pueden justificar lo injustificable. Y llevamos ya decenas de años y este apoyo social no cambia.

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