Francisco Muro de Iscar – Solidaridad con Ortega Lara.


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Hace unos años tuve la oportunidad de escuchar de la boca de José Antonio Ortega Lara el relato de su cautiverio. Era la primera entrevista escrita que se publicaba tras su secuestro, la primera que él concedió. Nunca olvidaré su rostro conteniendo las lágrimas y el dolor cuando revivía su secuestro, el trato que sufrió en ese zulo inhumano, las conversaciones con sus carceleros, los castigos que le imponían cuando se revelaba, cuando les discutía algo, cuando les recriminaba su actitud, sus paseos de kilómetros en un lugar donde apenas cabía un camastro. Durante más de 500 terribles e interminables días que nadie le devolverá nunca.

Todos recordamos su terrible imagen al ser rescatado del zulo, cuando él pensaba en ese momento que le iban a ejecutar sus captores, los que nunca tuvieron piedad con él, los que nunca pensaron dejarle libre, los que hubieran brindado si hubiera muerto, los que le hubieran abandonado en el zulo si eso era bueno para «su acción política». Muchos conocen mejor que yo el sufrimiento de José Antonio, de su mujer, de sus hijos, la difícil reincorporación a la vida en libertad, a pesar de su fortaleza, de su confianza, de su fe, de sus impresionantes valores humanos.

¿Quién le devuelve a Ortega Lara, un hombre honesto, bueno, limpio, los días de secuestro, el terrible sufrimiento suyo y de su familia? ¿Quién se solidarizó entonces, después, ahora, con su mujer y sus hijos? ¿Quién de sus carceleros, de sus cómplices, de los responsables políticos que defienden a estos terroristas, de los que ahora hacen huelga en las prisiones o en la calle… quién de todos ellos le ha pedido perdón, le ha mostrado su «solidaridad»? ¿Quién ha dicho que se equivocaron, que eso no conducía a nada, que reconocen su error?

Como él hay muchos que ya no están vivos y muchas familias destrozadas por ETA. Angeles Pedraz, presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, acaba de decir que «yo también tengo un cáncer y querría tener a mi hija, pero me la mataron». Tampoco nadie ha pedido disculpas a Angeles.

En un Estado de Derecho hay normas que benefician incluso a los peores asesinos, secuestradores, violadores. Y las debemos aceptar, aunque a veces nos repugne aplicarlas. Pero la ley no debe ir ni un milímetro más allá de su letra y de su espíritu. Quienes ahora piden clemencia, nunca la tuvieron para con las víctimas. Con ninguna. Que sigan la huelga de hambre, que se movilicen, que se manifiesten. Sobre su conciencia estará siempre la imagen de Ortega Lara y de todas y cada una de las víctimas, espero que inútiles, de esa locura nazi que es ETA y su entorno. Antonio Beristáin decía que «in dubio, pro víctimas». Aquí no hay ninguna duda. La solidaridad con las víctimas. La justicia, hasta sus últimos extremos, con los verdugos.

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