Rafael Torres – Al margen – Anatomía de una estafa.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

A lo mejor es que como el Gobierno del PP nunca había nacionalizado nada, no sabe en qué consiste la asunción del control y de la gestión, con las responsabilidades consiguientes, de cualesquiera empresa intervenida por el Estado.

Con la abrupta y atropellada nacionalización de Bankia, la entidad financiera nacida de la unión de siete Cajas de Ahorros controladas por el PP precisamente, algunas de ellas hundidas en la miseria por la infame gestión de sus Consejos, el Gobierno acaso se figuró que tapaba de cara a la opinión los gigantescos agujeros que anegaban sin remedio la nave del sistema bancario y financiero español, pero lo que hacía, en puridad, era tomar su descangallado timón para enderezar su rumbo.

Lamentablemente, para ello optó por entregarse de hoz y coz a los prestamistas internacionales, que son los que dictan, y no la equidad y la razón, la reforma del dicho sistema y el desmantelamiento general del otro, el que con todas sus taras e insuficiencias, amortiguaba un poco las desigualdades sociales.

Al nacionalizar Bankia, el Gobierno se convirtió, de facto, en su propietario y en su Consejo, a fin de reflotarlo como empresa, como negocio, con los recursos de la Administración, pero no por ello dejó de ser el Gobierno, es decir, el garante ejecutivo del derecho y de la ley en todo el territorio nacional.

Junto a las cuentas corrientes, los depósitos, los bonos, la morosidad, los créditos o las participaciones empresariales, se encontró con un ilícito sangrante y de enorme trascendencia social, el de la monumental estafa que en el reciente pasado se había perpetrado contra decenas de miles de ahorradores tradicionales de las Cajas, a quienes la codicia y el descontrol de los antiguos gestores había despojado de sus ahorros mediante el cambiazo en la naturaleza de sus inversiones.

Allí donde tenían prudentes depósitos a plazo, les colocaron, mediante engaños meticulosamente urdidos desde la Dirección, productos híbridos, ilíquidos, indescifrables, arriesgados, especulativos, que ni entendían las víctimas ni, en algunos casos, el «machaca» que se los estaba endosando. Una vez en poder del banco como «capital propio», se cambió sobre la marcha lo poco que ya necesitaba cambiarse para que el dinero de los clientes lo fuera «propio» absolutamente.

Pues bien; el Gobierno no sólo no ha encarado y resuelto esa estafa, sino que, mediante el Memorandum de compromiso con sus prestamistas, pretende continuarla y consagrarla sustrayendo con el marchamo de una ley inicua buena parte de esos ahorros, y dejando irse de rositas a quienes la iniciaron. Para mí, vistas esas intenciones, que los legítimos propietarios, castigados y expoliados doblemente como ciudadanos y como víctimas de Bankia, no lo van a consentir.

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