Isaías Lafuente – La intimidad.


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

El episodio sufrido por la concejala de Los Yébenes, Olvido Hormigos, que ha visto cómo un vídeo íntimo se ha colado en las redes sociales, ha abierto múltiples debates, uno de ellos referido a la responsabilidad política. Ella misma, aturdida por la presión, cosa que se comprende, pensó en dimitir. Ahora lo ha reconsiderado. Ha tardado 24 horas en comprender lo evidente: que ella era la víctima de una acción que roza el delito y no la responsable de la circunstancia.

Pero no todo el mundo piensa igual. Una compañera de partido, la exministra María Antonia Trujillo, creía que debía dejar su cargo porque, decía a través de Twitter, «si no sabes administrar la vida privada, ¿cómo vas a administrar la pública?». Un argumento que, en sentido contrario, nos llevaría a retirar la custodia de sus hijos a la larga lista de políticos con una deficiente gestión pública, algo que, no me cabe la más mínima duda, le parecería una aberración a la propia exministra.

Es verdad que ámbitos de la intimidad de los responsables públicos puede estar sometida al escrutinio ciudadano, pero sólo cuando la vida privada entra en contradicción con sus cometidos o con los postulados que predica. Nadie dudaría de la relevancia de la relación sexual de un obispo, de la hipotética esterilidad del príncipe heredero, del olvido fiscal de un ministro de Hacienda o de la escena de un político antiabortista entrando en una clínica de interrupción del embarazo con su hija. Pero no es el caso. Es más, puestos a buscar circunstancias obscenas cabría preguntarse qué es más turbador ¿un político que se sobe en la intimidad o un político que nos robe en la oscuridad? La pregunta, por supuesto, es retórica.

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