Fernando Jáuregui – Bueno, al menos este no es el país de Kirchner.


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Siempre he tenido un enorme respeto por Argentina, país que he recorrido de norte a sur y que siempre me ha sorprendido por la elevada calidad de sus habitantes, en contraste con exactamente lo contrario por parte de sus dirigentes políticos. Quienes me conocen saben que soy poco partidario de acudir a manifestaciones -sean «políticas» de indignados, como la de este sábado prevista en Madrid, o sindicales, que también están convocadas para esta «jornada en la calle» en la capital española-; pero puedo asegurar que, si me hubiese sorprendido en Buenos Aires, me hubiese unido, como demócrata y amante de esa gran nación, a la «cacerolada» de protesta contra el último desmán de la dama que preside, tan indignamente, un país que merecería mejores cosas: ahora resulta que doña Cristina Fernández de Kirchner pretende reformar la Constitución para, a lo Hugo Chávez, permitirse un nuevo mandato, cuando se acerca ya el fin -al fin_ del mismo.

Nunca tuve a Kirchner por una demócrata, por decir lo menos. Mis colegas argentinos cuentan y no paran de su escasísimo respeto a la libertad de expresión. Que ya vemos que se extiende a su burla de la Constitución. Siempre me preguntaré qué impulsa a ese pueblo culto y generoso, instalado siempre en la autocrítica y a veces también un poco en la autocompasión, a votar masivamente a gente como doña Cristina. O a su difunto marido. O al peculiar -también por decir lo menos- e innombrable antecesor de su marido. O al anterior a este, etcétera.

Me dicen que la señora presidenta anda zascandileando por ahí tratando de vender su en todo caso muy improbable asistencia a la «cumbre» iberoamericana de Cádiz a cambio del corte de alguna cabeza empresarial española a la que considera como su personal enemiga. Confío en que una conjunción de concesiones políticas y desatadas ambiciones privadas no logre su propósito. Faltaría más. Incluso estoy a punto de decir, y que el ministro García Margallo me disculpe, que prefiero una «cumbre» de esas que llaman devaluada sin Kirchner que un quilombo gaditano teniéndola a ella sentada entre otros mandatarios razonables, que luchan por el bienestar de sus pueblos, por la calidad de la democracia y por la prosperidad de Iberoamérica como una idea que debe reafirmarse. Y, por cierto, mal haría la naciente «marca España» cediendo el paso a quien tanto daño la ha hecho.

Los españoles solemos decir, y no hablo solamente del aquí y ahora, que ya no nos merecemos el Gobierno que tenemos. Desde luego, los argentinos, mucho menos aún. Siempre es un consuelo, ¿o no?

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