de Damasco a Guatapeor

Es para echarse las manos a la cabeza. Assad me parece detestable, pero creo que terminaremos echándolo en falta. Como nos pasó, aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, con Sadam.

La Siria que se perfila en el horizonte va a ser mucho peor que la que hemos conocido y ya es decir, porque es un país tenebroso.

El fracaso de las ‘primaveras árabes’ demuestra que es físicamente imposible saltar de una tiranía feudal a una democracia razonable, sin pasar por un sangriento purgatorio.

Siria se parece al Iraq anterior a la invasión: una sociedad multisectaria, oprimida por una facción minoritaria y controlada por un dictador brutal.

Lo que mantenía unidos y callados a los iraquíes era el férreo dogal con que los sicarios del tirano apretaban el pescuezo a la gente, indiferente de su fe u origen étnico.

La decisión de disolver el Ejército y los aparatos de seguridad del régimen, que tomó la Coalición nada más aposentarse en Bagdad, liberó los demonios. Han hecho falta 10 años atroces, 4.400 vidas de soldados norteamericanos y un inmenso reguero de cadáveres iraquíes para recuperar un atisbo de normalidad.

La experiencia mesopotámica es tan amarga, que EEUU no quiere ni recordarla. Mucho me temo que los sirios, cuando empiece la carnicería de verdad, no van a contar con los chicos del Pentágono para que se pongan en medio.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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