Fermín Bocos – De Bono y de Leguina


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

José Bono y Joaquín Leguina, dos ciudadanos ubicados hoy en el patio de butacas pero todavía cerca del escenario, vienen de dar a la imprenta sendos libros de memorias.

Los dos entraron en la política como socialistas y ambos confiesan llevar años en la socialdemocracia que, como se sabe, no siempre fue lo mismo.

A la manera de los Goncourt, Bono se confiesa a través del destilado de las anotaciones de un diario alimentado a lo largo de los últimos treinta años. Leguina, por su parte, con mucha ironía y mejor letra, libra el trance de la memoria a partir de los trazos más descollantes de su actividad política hasta llegar al día en el que hastiado de zancadillas y putadas ( el decir es suyo) decidió decir adiós a todo aquello que había su vida en la política. Retrata con descarnada dureza a Zapatero (habla de él como de una plaga de la que todavía no sabe si podrá reponerse el PSOE) y ofrece detalles novedosos y un análisis cargado de lucidez acerca de los hechos que han llevado a éste partido a su actual estado de postración en las urnas de y de anemia en las encuestas.

Bono, el hombre que pudo haber reinado en el PSOE de no haber mediado las maniobras de Guerra y las fobias de Maragall, ha dejado la política pero esa es una noticia que no se deduce del contenido de su libro. En parte porque es una primera parte de un libro más amplio de memorias y en parte porque aún en tierra los barcos que han navegado muchos años siguen oliendo toda la vida a salitre y brea.

Bono cuenta cosas interesantes, algunas desconocidas, acerca de los años en los que en la política Felipe González era como Dios (Benegas dixit) y Guerra jugaba a ser Mazarino. Bono se acuerda de todos. Se nota que no olvida, pero tampoco ofende. Quizá tiene aparcadas para la segunda entrega las negritas con los nombres y las fechorías de quienes desde dentro de su partido le salieron al paso para impedir que fuera el sucesor de Felipe.

De ése registro prudente se podría inferir que siendo veraz la noticia de su abandono de la política, quizá no sea del todo una verdad cerrada. A su edad, 60 años, con la que está cayendo -pongamos que hablo de Cataluña- y con el tute de gimnasia al que parece haberse entregado a diario -de ahí su buen estado de forma-, no me extrañaría que un día de éstos una delegación de Ferraz fuera a buscarlo a su casa para intentar sacar al partido de la postración en la que se halla. Probablemente optaría por seguir con la gimnasia.

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