Rafael Torres – Al margen – ¿Malas personas?


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Si, como decía Alonso Quijano, somos hijos de nuestras obras, de suerte que ellas, solo ellas, hablan de nuestra calidad humana, habrá que convenir que hacerlas malas, que inferir con ellas daños y sufrimientos al prójimo, es propio de las malas personas. Naturalmente, dependerá del poder que el malo tenga para que resulte más o menos malo, resultando más en la medida que más tenga. A quienes nos gobiernan, y por el gran poder que tienen para beneficiar o perjudicar con su ejercicio a las personas, se les transparenta mucho su calidad personal, y eso, más que las consideraciones políticas, es lo que tiene indignada y encorajinada a la gente, sentirse en manos de individuos, en lo ético y en lo moral, muy poco recomendables.

¿Es de buenas personas cubrir con un espeso manto de impunidad a los verdaderos responsables de la catástrofe nacional que padecemos, los políticos corruptos, los banqueros sin escrúpulos, los forajidos de alto copete? ¿Es propio de gente buena, de espíritu limpio e intenciones nobles, cargar la factura de los desafueros y los delitos de los antedichos sobre las brumadas espaldas de los más desfavorecidos? ¿Es de buenas personas, con sentido de la equidad y del decoro, sustraer los ahorros de la gente, reunidos con tantas privaciones y fatigas, para entregárselos a la usura internacional y exonerar así de su pago a sus auténticos deudores? ¿Es de buenas personas gastarse en las actuales circunstancias cinco millones de euros, que ya serán siete u ocho, en arreglitos y blindajes del Congreso? ¿Remite a personas de buen corazón la pretensión de cobrar a un inmigrante paupérrimo 1.800 euros anuales por acceder, si enferma, a la atención sanitaria? ¿Es de buenos ponerse tibios de whisky y de jamón de bellota a cuenta del Erario, del que se retraen los mínimos subsidios de supervivencia para los parados de larga duración? ¿Es de buenos, incluso desde la originaria óptica cristiana, abandonar a su suerte a los que no pueden valerse por sí mismos, a los pobres, a los caídos, a los excluidos? ¿Es de buenos estorbar el recurso a la Justicia, echar a la gente de sus casas o apalizar a los ciudadanos que se manifiestan?

Somos hijos de nuestras obras, y ellas, solo ellas, nos califican.

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