Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Las transferencias a Cataluña.


MADRID, 07 (OTR/PRESS)

Algún día, quizá no muy lejano, alguien con un mínimo de sensatez y hasta de sentido del humor recopilará en un volumen, que sin duda tendrá éxito, la cantidad de insensateces, contradicciones, medias verdades, mentiras completas, locuras y bobadas que están jalonando en Cataluña, y fuera de ella, el camino hacia un soberanismo que no será.

Y no hablo, claro está, de fútbol, o solamente de fútbol. Exacerbar el victimismo puede tener un «efecto boomerang» cuando las «víctimas» se convencen de que no hay tal, sino algo muy al contrario. Y el hecho es que esta semana que comienza van a llegar a las arcas de la Generalitat los primeros millones de euros del total de cinco mil millones solicitados por el Govern de Artur Mas como «rescate» del fondo interterritorial que pagamos todos, señaladamente los otros españoles que no vivimos en Cataluña.

Claro que no se trata de hacer aquí un artículo anticatalán al uso de lo que algunos comentaristas se empeñan en estos días, desde mi punto de vista aciagos, en general, para el Estado. Simplemente, hay que constatar que el proceso que Artur Mas ha hecho estallar, y en el que ahora él mismo trata de plegar algunas velas, está plagado de demasías y oportunismos. Mas ha querido ponerse a la cabeza de la manifestación de la Diada y hasta ha querido salir a jugar en el Camp Nou, y resulta que ha descubierto, quizá tarde, que existen otra Cataluña, otra España y otra Europa, que son, por cierto, las que firman el cheque de las transferencias rescatadoras.

Es verdad que, en el reciente encuentro de ambos en La Moncloa, en el que Mariano Rajoy se limitó a dejar sobre la mesa un tajante «no» a la posibilidad de un pacto fiscal y Mas apenas dejó entrever la amenaza de lo que puede suceder a partir de ahora, ambos pecaron de falta de flexibilidad, de reflejos. Ninguno de los dos se portó como un estadista, ni como aquel Tarradellas que, tras una borrascosa entrevista con Adolfo Suárez, salió a la prensa declarando que todo había transcurrido estupendamente, en un plan de pleno entendimiento, sin que, naturalmente, el entonces presidente del Gobierno le contradijese.

Eran otros tiempos, otros talantes y quizá otros talentos. Es el caso que ahora la campaña catalana se tensa, mientras la gallega y, sobre todo, la vasca, miran de reojo a Cataluña. Rajoy ya ha dicho, naturalmente en Galicia, que la Comunidad gobernada por Núñez Feijóo, que seguramente volverá a ganar las elecciones, tiene poco que ver con la de Artur Mas. Y no hay líder vasco, del partido que sea, que no se refiera, para bien o para mal, al caso catalán en sus mítines. Curioso que, una vez más en la Historia, Cataluña polarice todas las atenciones cuando el país pierde prestigio a chorros en el exterior y la llamada clase política arruina su reputación en el interior, siendo objeto de ataques hasta en algún demencial auto judicial.

Estas cosas siempre acabaron mal: en 1919 -ya Ortega hablaba con preocupación de la deriva catalana hacia el abismo_y en 1934, cuando se constituyó unilateralmente el Estat Catalá, obligando a Lerroux y a Alcalá Zamora a declarar el «estado de guerra», una locura que, sin embargo, a algunas mentes, pocas y poco preclaras, les gustaría, acaso, repetir.

Supongo que a más de uno se le habrá venido este ladrillazo histórico a la cabeza viendo cómo hasta la belleza de un partido de fútbol se degrada para transformarse en mitin. Algunos piensan que no es para preocuparse demasiado. Yo, que siempre he pecado de algo utópico y demasiado optimista, empiezo a creer que sí, porque, cuando quieren perder a los hombres, los dioses primero los ciegan. Y aquí y ahora, ciegos que creen tener visión de futuro hay demasiados.

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