Fernando Jáuregui – No te va a gustar – La (gran) decepción.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Lamento comenzar con una autocita, pero creo que viene al caso: a finales de 2007 escribí un libro titulado «La Decepción», en cuya portada aparecían las fotografías del entonces presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, y del entonces jefe de la oposición, Mariano Rajoy. Lógicamente, la mayor parte de los méritos del titular se los llevaba quien estaba al timón del Gobierno, pero tampoco me parecía que Rajoy estuviese dando un impulso a lo que ya entonces me parecía imprescindible: un gran pacto para gobernar los temas cruciales, entre ellos un futuro económico que entonces no se evidenciaba con la espantosa crisis que ahora vivimos, pero que ya apuntaba hacia el fin de una década soleada.

En esos cinco años han ocurrido muchas cosas -entre ellas, que el noventa por ciento de los ciudadanos reclama ese gran pacto-, y muy pocas de ellas buenas. Yo diría que las elecciones generales del pasado 20 de noviembre -ya se acerca el primer aniversario-, que dieron la mayoría absoluta al Partido Popular, están olvidadas, enterradas y devaluadas: las encuestas dicen que son muchos los que votaron al PP que ahora se sienten decepcionados con la acción del Gobierno «popular», y que esa mayoría absoluta no sería reeditada. A nadie le gustan los recortes, a nadie le gusta evidenciar que ha perdido casi un cuarenta por ciento de poder adquisitivo en este año. Y, sin embargo, las encuestas evidencian también que el ciudadano podría llegar a entender esos recortes, así como la normalización de aspectos tradicionales y estrambóticos de nuestra vida política y económica y que se adopte la austeridad como norma. No creo que, ahora mismo, exista sondeo alguno que plantee que existe una alternativa posible a este denostado Ejecutivo que preside Rajoy, ni tampoco existe un posible sustituto a Rajoy mismo dentro del PP, por muy mal valorado que el presidente salga en los estudios demoscópicos.

Lo que me parece que el hombre de la calle no entiende es el silencio, la falta de explicaciones, especialmente cuando quienes nos gobiernan son sorprendidos con errores de bulto en la planificación, en el diagnóstico o en la valoración de las situaciones. Si el Fondo Monetario Internacional -que también tiene su récord de equivocaciones-, y otros institutos, entre ellos el Banco de España, acusan a un Gobierno de fallar estrepitosamente en sus previsiones de crecimiento, por ejemplo, lo menos que puede esperarse es una explicación suficiente o incluso una autocrítica procedentes de ese Gobierno. Y no ha sucedido… al menos hasta el momento en el que yo escribía este comentario. Un retraso injustificable, que poco contribuye a cimentar la confianza del ciudadano en sus representantes. Y lo mismo me vale para la crítica al «colosal disparate» de la deriva independentista que ha invadido a la Generalitat catalana: Rajoy y sus ministros tardaron una semana en salir a atacarla frontalmente. Y menos mal que, al final, lo hicieron.

Con todo ello quiero decir que no será gobernando de una manera timorata, sin plantear, en casa y fuera de ella, una línea de actuación clara y un programa político atrevido, como podremos salir del atolladero político y moral, y por tanto económico, en el que nos hallamos. No será escatimando a los ciudadanos el ya demasiado pendiente debate sobre el estado de la nación como crecerá la estima hacia ese colectivo quizá injustamente englobado bajo la denominación de «clase política». Quienes nos representan ya no deben seguir siendo esa gran decepción que nos confirman, vez tras vez, los sondeos. Lo digo quizá desde la utopía, pero también desde la esperanza: me encantaría que el título de mi próximo libro, y vuelvo a pedir perdón por la autocita, fuese «La Ilusión», y dejar la decepción arrinconada, por caduca.

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