Rafael Torres – Al Margen – ¿Quo vadis, Wert?.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Cosas de la vida: un señor con ese apellido, Wert, corriente en las comunidades judías de los países del centro de Europa, o que también puede derivar de los Ewert ingleses que vinieron a explotar la minería onubense, se ha constituido en el más desinhibido y desenfadado adalid de las esencias españolas, aunque del tipo de las que a lo mejor le contaban en el célebre Colegio del Pilar, donde cursó unos estudios que, si bien han acabado llevándole al banco azul del Congreso para arrimar desde él la candela de su nacionalismo español a la estopa del de los catalanes, no le han alcanzado para enterarse de nada, ni del mundo en que vive, ni, muchísimo menos, del que habitan los demás.

Este señor Wert de tan amplio como revelador currículum en la cosa pública y en la cosa privada, nunca podía haber soñado, empero, con un puesto desde el que, a base de adoctrinamiento sectario, pudiera hacer tanto daño a las luces y a la instrucción de los españoles, pero Mariano Rajoy, que como se sabe es un portento eligiendo ministros, se lo regaló. Ahora bien; imbuido de su alta misión e impelido por ella, el señor Wert no se ha conformado con suprimir la Educación para la Ciudadanía, que sonaba como a republicano, con inyectarle moral y algo más que moral a la salvaje fiesta de los toros o con ahormar la Educación Pública a los añejos principios de las castas, sino que se ha creído en la necesidad, y en la obligación, de «españolizar» a los niños catalanes, dando por sentado con ello, de entrada, que éstos no son españoles ni poco ni mucho.

Por fortuna, en las Españas (concepto verdadero y plural éste que, como tantos, desconoce el señor Wert), hay gente más sensata y más preclara que el ministro educado por los marianistas. Por ejemplo, Andrés Rábago, «El Roto», que en su viñeta de El País entiende la cuestión nacionalista de otra manera: Una anciana pregunta a su nieto si siente el orgullo de ser español, a lo que el niño, cabizbajo, responde: «Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio». En efecto, y tal como son y están los sitios, casi todos los sitios, imperando en ellos la injusticia, el abuso institucional, el latrocinio, el paro, la represión, el hambre, la golfería política, la ignorancia, la barbarie, la mediocridad y la idiocia, a uno le da vergüenza, le tiene que dar vergüenza por narices, ser de cualquier sitio.

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