Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Se acabó el humor.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Asistí, como todos los años, a la recepción en el Palacio de Oriente con motivo del Día de la Fiesta Nacional. Nunca he encontrado rostros más preocupados en gentes que tienen muchos menos motivo de preocupación que muchos otros españoles que no estaban allí, y a los que no esperaban sus chóferes con un paraguas para evitar que se mojaran con el chaparrón inesperado. No sé si el semblante cariacontecido es real o impostado: lo cierto es que de España parece haber huido el buen humor que tanto nos ha acompañado tradicionalmente.

Y mira que pasan cosas que podrían provocar sonrisas y hasta la risa, incluso, si usted quiere, burlona. Que un ministro hable de la necesidad de «españolizar» a los niños catalanes, precisamente con la que está cayendo, parece un rasgo de humor (algo metepatas, sí), no me lo negará usted. Y que, al día siguiente, todos los periódicos digan que el Rey reprendió a Rajoy por culpa de la arrancada del ministro Wert -que no ha parado de hacer declaraciones de una insoportable levedad-, también tiene su aquél, me lo reconocerá el amable lector. Sobre todo, porque la presunta bronca -nunca sabremos, desde luego, en qué consistió la conversación- fue casi televisada; ¿no había, acaso, mejor lugar y momento para que despachasen el jefe del Estado y el jefe del Gobierno?

Leo una entrevista con Artur Mas en un diario respetable, y me parece casi -casi- una burla. Pero tampoco consigo reírme. Es chulesca y provocativa, y el personaje que hace las declaraciones, que se cree Kennedy, empieza a resultar patético. Casi tanto como que vaya a ganar las elecciones por mayoría absoluta, lo que no tiene ninguna gracia, ya lo sé. Y, eso sí, escuché algunas chuflas sobre la manifestación antiindependentista en Barcelona el Día de la Fiesta Nacional. ¿Es que no se le ocurre a nadie nada mejor que una salida a la calle que se sabe que va a ser comparada con la multitudinaria de la Diada?

Por fin, hombre ya era hora, encuentro, entre los acontecimientos de la semana, un motivo de alborozo en medio de tanto (des)humor negro. A la UE, «nuestra» UE, le han dado el premio Nobel de la Paz. Porque los señores de Suecia han querido destacar… la reconciliación en el Continente tras la II Guerra Mundial. Pura actualidad, sí señor. Y precisamente ahora que la UE ofrece lecciones de ineficacia máxima ante cualquier conflicto más allá de sus fronteras. Y también, por cierto, ante la mayor parte de los conflictos dentro de sus fronteras. Ay, qué risa, Felisa. Ay.

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