A por ellos

El camino más directo para convertir un problema en una catástrofe es negar su existencia. O mirar para otro lado, esperando que se resuelva solo.

Eso sigue pasando con el terrorismo islámico. El que no haya habido en España atentados sangrientos desde el 11-M, ha hecho pensar a gran parte de la ciudadanía que la masacre no puede repetirse. A eso se suma el convencimiento, estimulado desde bastantes medios de comunicación y desde las filas de la izquierda, de que aquel horror fue consecuencia directa de la actitud belicosa de Aznar y que desparecido este de la escena política, se evaporan los motivos.

Puede que la pretenciosa foto de las Azores actuara como urticante, pero las probabilidades de que los fanáticos intenten reeditar una carnicería como la perpetrada en Madrid en marzo de 2004 son ahora tan altas como entonces.

No es fácil trasladar esa sensación de peligro a la opinión pública. La guerra contra el terrorismo ha estado salpicada de groseras manipulaciones y de falsas alternativas.

Desde la Casa Blanca, se argumentó que había que invadir Irak o arriesgarse a ser víctima de sus armas de destrucción masiva.

Sadam había utilizado gas contra los kurdos y había lanzado gérmenes contra los iraníes, pero era imposible que dispusiera de artefactos nucleares, bombas químicas y de los misiles de largo alcance imprescindibles para llevar la muerte a Europa o EEUU. Esa mentira, que sólo se tragaron quienes quisieron, ha debilitado nuestras defensas.

También lo ha hecho y forma dramática la tesis de que hay que combatir a los malvados en Irak o en Afganistán, para no tener que hacerlo aquí. No existe tal dilema, porque los terroristas están allí y aquí.

Cada dos o tres semanas, salta a las páginas de los periódicos la noticia de que las Fuerzas de Seguridad han arrestado a un grupo de facinerosos dedicado a reclutar asesinos para enviarlos a Siria, Mesopotamia, Afganistán o especializado en recaudar fondos para Al Qaeda.

Lo único que cambia es que unas veces los que arrestan son guardias civiles y otras son policías. El resto parece un calco: los malos siempre se financian con droga, siempre se aglutinan en torno a un piadoso imán y siempre viven entre nosotros.

No hace mucho, leí que el CNI ha detectado medio centenar de mezquitas desde las que cada viernes se lanzan soflamas incendiarias. Se especifica que existe media docena- cuatro en Barcelona y dos en Valencia- en las que se predica la yihad y se capta adeptos para engrosar las redes del terror.

La pregunta ahora es qué se espera para clausurarlas y meter en la cárcel o mandar de vuelta a sus países a los las administran y frecuentan.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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