Isaías Lafuente – Desafectos.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Quienes nacimos ya en los estertores del franquismo, envueltos en la ignorancia infantil y el silencio ominoso sobre sus desmanes, tuvimos que aprender después qué era un desafecto en los libros de historia. La Transición tuvo un primer acto imprescindible en la amnistía, porque era inconcebible construir la democracia con las prisiones llenas de ciudadanos cuyo único delito había sido oponerse a la dictadura.

Por fortuna todo eso quedó enterrado en el pasado y dábamos por descontado que en democracia la figura del desafecto había desaparecido. Pero en el último mes hemos tenido signos inquietantes en la reacción que el gobierno ha tenido con quienes han ejercido sus legítimos derechos a la manifestación o a la huelga, censurando o criminalizando, directamente su actitud.

Primero fueron María Dolores de Cospedal y Cristina Cifuentes, delegada del gobierno en Madrid, quienes compararon a los manifestantes del 25S con los golpistas del 23F. Después fue el propio presidente del gobierno quien dio carta de buen ciudadano a todo aquel, la famosa mayoría silenciosa, que se había quedado en casa y no había buscado protagonismo en los telediarios. Más tarde fue el ministro de Educación José Ignacio Wert el que etiquetó a los padres que hoy han decidido no llevar a sus hijos al colegio, secundando la huelga del Sindicato de Estudiantes, de extremistas, radicales y antisistema. Y ya animado, Alfonso Alonso, portavoz del PP en el Congreso, comparó a los padres con los miembros de la ilegal Batasuna. Cierto es que rectificó «por si se le había entendido mal». Lo malo es que se le entendió muy bien.

Desde que el presidente Aznar se refiriese a los millones de ciudadanos que salieron a la calle contra la guerra de Irak como perros que «ladraban su rencor por las esquinas» no recordábamos una escalada verbal como ésta. Alguien sensato y con autoridad debería poner coto a esta peligrosa verborrea. Se equivocan si creen que quienes protestan están en la otra orilla electoral. Las encuestas demuestran que el malestar ciudadano y la desaprobación política desbordan esos límites. Y sólo faltaba que a una sociedad abrumada por los sacrificios y por su ineficacia se le impusiese también el silencio. La huelga y la manifestación no sólo son derechos fundamentales consagrados en la Constitución. Hoy, además, son una terapia.

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