Durmiendo con la fiera

Una de las razones que explican la proclividad musulmana de la izquierda europea –tanto la caviar como la del puño cerrado-, es que percibe el islamismo como una fuerza antisistema y por tanto como un engorro para Estados Unidos.

Sólo con ese telón de fondo se puede entender que periódicamente bandadas de mujeres de la farándula, cuyas costumbres, hábitos, biografías y legítimas libertades las harían candidatas al flagelo o la lapidación en cualquier país islámico, se tomen la molestia de viajar a Gaza, a Irak o cualquier territorio repleto de fieles al profeta Mahoma, para proclamar allí su apoyo al gerifalte de turno. Les da y les ha dado igual que el elogiado se llamase Sadam Husein, Yaser Arafat o Almanzor.

El único requisito imprescindible suele ser que el venerado odie mucho a los norteamericanos, hable pestes de Occidente y amenace a Israel.

No en todos los sitios cuecen habas, ni todos los dirigentes políticos son tan ‘comprensivos’. Un buen ejemplo es Barack Obama, que ahora llega al final de su primer mandato y a quien se pueden echar en cara muchas cosas, pero no que le haya temblado la mano a la hora de sacudir leña a los terroristas internacionales.

No se ha limitado a autoflagelarse. Tampoco se ha conformado con tomar medidas para mejorar la seguridad aérea y la protección de EEUU.

Obama, de forma reiterada como demuestran los ‘drones’ en Yemen o Pakistán y la forma como ha perseguido a Al Qaeda, ha buscado siempre matar al monstruo en su guarida.

Aquí y probablemente en bastantes países europeos, se habrían puesto a hacer actos de contrición, a inventarse culpas propias en el pasado y a rebuscar excusas sociológicas que les permitieran digerir sin sobresaltos la vesánica conducta del terrorista islámico.

Hablarían de la Alianza de Civilizaciones y darían por supuesto que tendiendo la mano, conjuraban el peligro de los fanáticos. Superado el susto y durante un tiempo, vivirían confiados en la idea de que si no se les toca, si no se les molesta y si se procura no ofenderles, no podrán bombas en los trenes, ni reventaran discotecas ni destruirán en vuelo aviones repletos de pasajeros.

Caso error. Nos odian más por lo que somos, que por lo que hacemos. Y a la hora de buscar “motivos”, a los fanáticos de Alá les sirven igual unas tropas en Afganistán que unos bikinis en la Costa del Sol.

Obama ha marcado el camino. Cuando afirma que es esencial que diagnostiquemos los problemas con rapidez y les pongamos solución inmediatamente, no se refiere sólo a los fallos en los controles de los aeropuertos o a los errores en cadena de los servicios de inteligencia.

El “problema” no son únicamente esas deficiencias «potencialmente catastróficas». El drama es que Occidente se está limitando a esperar. Y él no lo va a hacer. Nuestro flamante premio Nóbel de la Paz ha llevado la guerra donde ha creido que hacía falta para evitar que la muerte vuelva a EEUU.

A veces ha acertado y otras se ha equivocado, pero no ha dudado.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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