Antonio Casado – De Euskadi y Galicia para España.


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Es un lugar común que el PP siempre gana a las encuestas en el País Vasco. Eso no puede decirse de Galicia, donde se suelen cumplir las previsiones electorales del partido de Mariano Rajoy. Esta vez fue al revés. En el País Vasco, igual o peor de lo que decían los sondeos. En Galicia, mucho mejor, al menos en las encuestas publicadas. Excelente noticia para el partido en el poder, puesto que los resultados de las elecciones en Galicia, más que los del País Vasco, se habían tomado como el gran chivato de la situación nacional, tanto en climas de opinión como en capacidad de facturación en las urnas de los dos grandes partidos nacionales.

Para el PSOE, la política de recortes del Gobierno se sometía al examen de la ciudadanía (sobre todo en Galicia, insisto). Así plantearon los socialistas su estrategia de campaña, lo cual era una forma indirecta de asumir que también se trataba de verificar su propio grado de recuperación después del batacazo del 20 de noviembre en las elecciones generales. Y ya lo creo que se ha verificado, con una pobre respuesta de los gallegos a las recetas socialistas alternativas a las del Gobierno Rajoy.

Por el contrario a Núñez Feijóo, el indiscutible ganador de las elecciones del domingo en Galicia, le salió redonda su estrategia de ofrecerse a los votantes como alternativa al caos de un cuatripartito (tripartito, en todo caso, visto lo visto) y de no subsumir su discurso gallego en el discurso nacional de Rajoy. De hecho ambos hicieron dos campañas diferentes, cada uno en su ámbito de responsabilidad. Haberlas juntado en causa común hubiera sido como si Feijóo le dijera a los gallegos que pensaba cumplir sus compromisos electorales como su jefe.

En cuanto a Euskadi, la victoria del PNV, a diferencia de la del PP en Galicia, no le da a Urkullu para hacer de su capa un sayo. Queda lejos de la mayoría absoluta. Necesitará costaleros, fijos u ocasionales, para asegurar la gobernabilidad de esta comunidad autónoma cuyos votantes acaban de dar la espalda al socialista Patxi López. Pero lo más destacable y lo más desafortunado, a mi juicio, es el retorno tóxico de los amigos de ETA al Parlamento vasco al amparo de las reglas democráticas. Sobre todo por lo que significa en el plano moral. La sociedad vasca acaba de pronunciarse en el trance de premiar o reprobar la opción que durante cuarenta años ha utilizado el asesinato, la extorsión, el secuestro y el sufrimiento de un pueblo como instrumentos al servicio de un objetivo político.

Por eso, no entendí la frase del lehendakari, Patxi López, después de ser acosado por un grupo de energúmenos que no le dejaban votar el domingo por la mañana: «Los totalitarios siguen sin enterarse de que no los queremos en este país». Un tópico voluntarista que, por desgracia, ha sido brutalmente desmentido por un recuento de votos que convierte a Bildu en la segunda fuerza política del País Vasco, a solo seis escaños del PNV.

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