Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Si hubiera elecciones… nos ganaría Obama.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

La situación ha llegado al punto en el que quienes mejor la definen son los dibujantes de humor. Los «cartoonist», cuya crítica, cuyos afilados dardos, provocan sonrisas y/o indignaciones y son toda una radiografía del país. He visto recientemente una viñeta en la que Rajoy y Rubalcaba leen los resultados de la última encuesta del CIS sobre la clase política: «No hay duda, si hubiera elecciones…», dice Rajoy; «nos ganaría Obama», completa el secretario general del PSOE y líder de la oposición.

Y ese, el de los resultados de la más reciente encuesta del CIS, ha sido, acaso, uno de los puntos culminantes de una semana política nuevamente agitada por el inicio -formal_ de la malhadada campaña electoral catalana, por desgracias como el suicidio de una mujer cuando iba a ser desahuciada, por el anuncio de que la que fue compañía de bandera se verá obligada a prescindir de la tercera parte de su plantilla…

Claro que no es la primera vez que los encuestados identifican a la clase política como el tercer problema -el segundo, en realidad_ del país, tras el paro y la situación económica. Pero los acentos se agudizan, cuando es ya el treinta por ciento de la ciudadanía el que cree que el desprestigio de los políticos es insoportable. Algo hay que hacer, y la propia vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, quizá una de las personas que con mayor lucidez toma la temperatura ambiente, lo ha reconocido, independientemente de que el juicio de la calle tenga, que yo pienso que los tiene, perfiles algo injustos; generalizar, incluso cuando se habla de ese magma globalmente calificado como «clase política», puede convertir el diagnóstico en errado.

Pero, en efecto, algo tendrán que hacer, más allá de ponerse de acuerdo para frenar esos desahucios que marcan la línea roja de donde, simplemente, no se puede pasar sin riesgo de fractura social muy seria, y no hablo de minucias como la huelga general que nos viene. No puede ser que, en las encuestas, el jefe de la oposición y el jefe del Gobierno queden situados al final de la tabla de popularidad, hasta por detrás del líder de Esquerra Republicana de Catalunya. Es una cuestión de confianza nacional.

Tengo para mí que, lejos de los escenarios, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, que no sé si llegan a leer juntos los periódicos, como sugería el «cartoonist» al que antes me refería, pero que se hablan mucho más de lo que sabemos, preparan un acuerdo de más altos vuelos. Con las cifras del CIS en la mano, otra cosa sería un suicidio político y una grave quiebra para la nación, y ambos son, me parece, personas con sentido común y buena voluntad, ya que les falta el toque de los estadistas.

Aparentar normalidad en estas circunstancias supone esa inutilidad que nos lleva a la melancolía y, en último término, a la locura. Quizá incluso aguardar hasta que hayan transcurrido las elecciones catalanas y ver qué tal le ha ido a Artur Mas en ellas sea altamente peligroso. Le voy a decir la verdad: a mí, que el segundo puesto en estas elecciones sea para el PSC del tal Navarro o para el PP de Alicia Sánchez Camacho me importa un rábano. Lo que me importaría mucho más es que las dos fuerzas nacionales, que juntas representan a muchos españoles y a muchos catalanes, se pusiesen efectivamente de acuerdo para intentar frenar el desatino al que un iluminado poseído de egolatría -siento pronunciarme en estos términos: me quedo corto_ trata de llevar a Cataluña y, de paso, a todos nosotros, socialistas y «populares» incluidos.

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