Rafael Torres – Al Margen – La huelga necesaria.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Esta vez los sindicatos no son exactamente los convocantes de la Huelga General del miércoles: más bien se suman a ella. La indignación contra las políticas del Gobierno es tan general, el hartazgo tan insuperable, la capacidad de sufrir está tan colmada, que casi se trata de un fenómeno espontáneo en cuya transversalidad se hallan las claves de su necesidad y seguramente de su éxito: trabajadores sin empleo y sin la menor esperanza de conseguirlo nunca, médicos, pacientes, profesores, periodistas, subempleados, funcionarios, jueces, estudiantes, clase baja al borde de la mendicidad y clase media en un tris de proletarizarse, pequeños y medianos empresarios, emigrantes a la fuerza, inmigrantes atrapados, ahorradores robados, familias desahuciadas, perseguidos por Hacienda por no ser grandes defraudadores amnistiables, comerciantes, escritores, músicos, pensionistas, dependientes, abogados, agricultores, ganaderos, hosteleros, ferroviarios… no hay un sector laboral ni un segmento social que no se vea brutalmente afectado por éste siroco violento de entregar España, y el presente y el futuro de los españoles, a la insaciable voracidad de los bancos nacionales y extranjeros.

Dejando a un lado que Rajoy está haciendo exactamente todo lo contrario que prometió hacer si ganaba las elecciones, aunque ello bastaría para anular el contrato político por vicio de consentimiento, o subsidiariamente por incumplimiento del mismo, lo cierto es que el presidente y los orates que le aconsejan y le secundan están haciendo, también, exactamente lo contrario de lo que, en todo caso, procede. Abaratar el despido no es la mejor manera de crear puestos de trabajo, ni estrangular la economía mediante la vertiginosa subida de impuestos, la deslocalización industrial o la confiscación de los ahorros de los ciudadanos, la mejor terapia para que levante cabeza. Pero tampoco la inanidad en perseguir a los corruptos, a fin, sobre todo, de recuperar lo mucho que robaron y siguen robando a los españoles, mejora la situación de las arcas comunales, ni el desmantelamiento de la Educación Pública y de la investigación contribuye a dotarnos para zafarnos algún día de éste marrón social, político, jurídico y psicológico que algunos todavía llaman «crisis económica», cuando, en realidad, se trata de los efectos de una revolución de potentados.

A nadie le gusta la huelga: primero, por las horribles causas que la hacen inevitable; segundo, porque el trabajador que la hace, no cobra en sentido estricto, aunque a menudo lo hace, encima, en sentido figurado. Pero la imperturbabilidad, la resignación, la indiferencia, se tornan estadios imposibles en circunstancias como éstas.

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