Fernando Jáuregui – Paisaje después de la batalla


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Calma. Recorro las calles de mi ciudad y palpo la calma tensa tras la jornada de huelga general, en la que se confrontan, como siempre, las cifras de participación. El dato irrefutable, 82 detenciones y 34 heridos, entre agentes y huelguistas, refleja apenas una realidad parcial, porque la huelga ha sido pacífica. Básicamente pacífica y básicamente inútil. Ni el Gobierno va a rectificar su reforma laboral, ni va a convocar referéndum alguno, ni el paro ha servido para reforzar a la oposición, ni a los sindicatos.

Ignoro -es la última hora de la tarde, cuando ya los manifestantes han salido a recorrer las calles- cuánta gente ha dejado de trabajar este miércoles. La huelga no ha sido un éxito porque las radios, las televisiones, las panaderías y las centrales eléctricas han seguido funcionando. La apariencia ha sido de normalidad dominical, quitando algún brote de exasperación, porque el tráfico no era lo fluido que desearíamos. A mí me queda la sensación de fracaso, no porque el paro haya fracasado, que ni tanto ni tan calvo, sino porque toda convocatoria de huelga general es una mala señal, indicativa de que la sociedad no funciona tan bien como debería.

Y es la verdad: la sociedad española no funciona como debería. Los huelguistas expresan, a mi juicio por métodos equivocados, una protesta perfectamente legítima y justificada. Muchos de los que no han secundado este paro simplemente no creen, como yo mismo, que esta acción vaya a modificar el curso de las cosas, o ni siquiera se pueden dar el lujo de perder un día de salario. O pasan, hartos de casi todo. Es lo peor: una sociedad adormecida a la que casi todo le da lo mismo, con polos extremos de indignados sin o con causa. Temo que ni unos ni otros, ni los de más allá, creen en la labor terapéutica de la acción recortadora del Gobierno: la inseguridad jurídica, que se enseñoreó del país en tiempos de zapatero, regresa a nuestros corazones, y así no hay quien invierta ni quien consuma.

Es el paisaje, cuajado de papeles advirtiéndonos de que «nos roban el futuro» (y el presente) tirados por las aceras, mientras los manifestantes despliegan sus pancartas sindicales, sus banderas republicanas, sus lemas irritados. A veces te dan ganas de preguntarte si realmente merecerá la pena vivir en este gran, magnífico, país nuestro que parece a punto de malograrse.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído