Fernando Jáuregui – Ahora resulta que Mas es mucho menos.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Batacazo es lo menos que se puede decir que ha experimentado un Artur Mas que se creyó el mesías catalán. Perder doce escaños cuando se apostó tan fuerte por un nuevo régimen es, simplemente, una catástrofe. Cierto que puede que las acusaciones periodísticas de presunta corrupción hayan pesado -y qué duda cabe de que ahora habrá quien salga reivindicando, desde algún periódico, «su» participación en los resultados de las urnas–; pero me parece que han influido mucho más las promesas que todos sabían que no se podían cumplir, las quimeras. La independencia de Cataluña, por mucho que ahora Artur Mas se quiera apoyar en Esquerra -la gran triunfadora de la jornada electoral- es, pura y simplemente, imposible. Y no me parece que debamos lamentarnos de ello, ni los catalanes ni el resto de los españoles.

Caras muy, muy tristes vimos en la sede de la «fiesta» electoral de CiU en el barcelonés hotel Majestic. Caras de alivio en los cuarteles del socialismo catalán, que «solamente» pierde ocho escaños -bueno, al fin y al cabo Convergencia i Unió pierde doce–, de triunfo en la «nueva» Esquerra de Junqueras y no digamos nada en la de Ciutadans del joven Albert Rivera, que me parece que debe aliarse cuanto antes con el PP de Alicia Sánchez Camacho, por mucho que ambos pretendan mantener sus propias esencias: defienden lo mismo, digan lo que digan.

El «cambio absoluto» y frentista que proclama Mas ha fracasado, simple y llanamente. A ver cómo reacciona ahora el pugnaz president de la Generalitat, que, esperemos, tendrá que interpretar el mensaje brutal que le han enviado las urnas. No hay paliativos: los catalanes le han dado un varapalo, aunque haya ganado con considerable diferencia sobre el segundo -el PSC pierde la «medalla de plata» a favor de ERC, gracias a la evidente debilidad política de Pere Navarro-. No basta con lo obtenido para el cambio rupturista que proclamaba Artur Mas; ahora, tendrá que pensar muy mucho lo que va a hacer.

«Rajoy debe estar brindando con champán francés», me dice un compañero, sentado a mi lado, que confiesa haber votado al PSC. En efecto, el gran beneficiado, ya que no triunfador, de lo ocurrido este domingo de infarto ha sido el Gobierno central, ya que no, insisto, un PP que ha salvado algo más, pero nada más, que los muebles. Rajoy puede sostener ahora su política conservadora en lo territorial, aunque acaso no fuese lo más conveniente; Rubalcaba puede sostener ahora su precario liderazgo en el socialismo, aunque tal vez debiese cuestionarlo; IU puede reivindicar que su línea es ascendente, y el relativamente inédito Albert Rivera puede jactarse de que su trayectoria inequívoca tiene éxito entre el electorado que de ninguna manera quiere independencia y ni siquiera acepta determinados excesos del nacionalismo más radical.

Los catalanes han votado, y bastante masivamente, por cierto. Un veredicto inequívoco, y confío en que Artur Mas, que obviamente había llegado demasiado lejos, saque las conclusiones debidas. O, si no, que se largue con viento fresco; ha hecho mucho daño, y las heridas tardarán tiempo en cicatrizar, aunque ahora, menos que si los resultados hubiesen sido otros.

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