Andrés Aberasturi – Y aquí seguimos, romanos y cartagineses.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Mirando hacia atrás sin ira, que digo yo debería ser la única forma seria de mirar el pasado, no te explicas muy bien algunas cosas de esta España nuestra que nunca quiere ser de todos. Viene esta reflexión a cuento de la reciente fiesta en el Senado (ay, el Senado) con motivo del aniversario de la Constitución. Desde hace ya muchos años, el 6 de diciembre dejó de ser una fiesta para convertirse si no en un funeral, si al menos en la escenificación de un país que se empeña en negarse a si mismo y que alardea de ello, lo publicita y no pierde ocasión para dejar muy claro que «eso», lo que sea común, nada tiene que ver conmigo.

Habrá que echar la culpa al franquismo y su obsesiva machaconería de la unidad de los pueblos y las tierras de España; pero, franquismos aparte, no creo que haya muchas naciones en el mundo que se obstinen, como la nuestra, en no tener nada en común: aquí ni Dios salva al Rey, ni el himno tiene letra (ni falta que hace, ¿o es que los himnos compiten en eurovisión?) ni hay un sólo día en el calendario donde nos sintamos todos de alguna forma representados.

El 12 de octubre tiene todas las de perder en nuestra pintoresca y variopinta sociedad: lo primero es que se trata del día de la Virgen del Pilar, lo cual invalida la fecha para la media España que practica el laicismo militante; además -auque de forma equivocada- hay una conciencia generalizada de que fue Franco al que se le ocurrió la idea de este «Día de la Raza» que en realidad se debe a Don Antonio Maura en 1918. Es verdad que fue luego el falangista Ramiro de Maeztu quien le dio el valor que Franco mantuvo como tradición hasta que en 1958 fue reconocida oficialmente como «Fiesta Nacional bajo el nombre de «día de la Hispanidad», lo cual que la convierte ya en una herencia envenenada por mucho que la democracia haya querido salvar la celebración con hábiles y escuetos eufemismos. Si a todo esto le añadimos el tradicional «desfile militar», pues va a resultar que fiesta nacional, lo que se dice fiesta nacional, aquí sólo se da en el BOE; nada que ver con el 4 de Julio de los EEUU, el 3 de Octubre en toda la Alemania que celebran el «Día de la unidad» o el 14 de Julio en Francia con el día de la Bastilla. Solo Gran Bretaña, que circula por la izquierda, maneja libras y mide en millas, carece de día nacional único aunque si festejan juntos el aniversario de la Reina.

Y llega el 6 de Diciembre y ya vemos lo que pasa, que se habla más de las ausencias que de las presencias y lo que en su día fue una verdadera fiesta de bienvenida a la libertad por parte de todos, hoy no es sino el recuerdo de un tiempo que pudo ser feliz pero no supo cómo.

En la escuela rivalizábamos dos bandos a la hora de saberse los ríos de Europa o el catecismo de Ripalda: los romanos y los cartagineses. Nunca pensé que sesenta años después las cosas iban a empeorar. Escribo esto con pena y, lo que es mucho más peligroso, con resignación. Pero así están las cosas y, para ser sinceros, no parece que haya voluntad por ninguna parte de que cambien. Más bien al contrario.

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