Rafael Torres – Al margen – Números malos.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

El Gobierno intenta vender el empobrecimiento en todos los órdenes de la sociedad española, que él decreta y ejecuta al dictado de los prestamistas, como una cuestión de números y de cuentas: tienen que cuadrar para que el Estado se salve de la bancarrota. El Estado, no el País. Así, por ejemplo, en tanto se despide masivamente a los trabajadores de todos los sectores, aun de los que funcionan y generan beneficios, gracias a las facilidades que la Reforma Laboral del Gobierno otorga a los empresarios para aligerar sin apenas costo sus plantillas, decenas de diputados siguen cobrando las suculentas dietas de desplazamiento y manutención, establecidas sólo para aquellos sin vivienda en la capital, pese a disponer de una o varias casas en Madrid. Las cuentas, los números, tienen que cuadrar, y para que cuadren, es decir, para que los privilegios de los encalomados en ese Estado vampírico no se resientan, es preciso retraer de los gastos y de los derechos de quienes tiritan en la intemperie civil, los parados, los enfermos crónicos o los jubilados.

Para que esos diputados sin conciencia ni vergüenza sigan percibiendo esas dietas de 1.800 euros, tres veces el salario mínimo interprofesional, contra toda justicia y derecho (acaba de presentarse una querella contra ellos por malversación de fondos públicos y apropiación indebida), es menester recortar por donde a ellos no les duela, pero llegados a ese punto de la obscena ingeniería financiera que se ensaña con la población, las cuentas, los números, dejan de ser cuentas y números, y se traducen automáticamente en enfermedad, en muertes, en miseria, en atropellos y en indignación. ¿Pudo salvarse y conservar la vida alguna de las cinco niñas que murieron aplastadas y sin atención sanitaria en el Madrid Arena si atendiendo las urgencias en el SAMUR se hubiera encontrado un profesional, y no, a causa de los «recortes», un chófer haciendo de telefonista de fortuna? ¿Podrían haberse salvado y conservar sus vidas los suicidas de los desahucios, ejecutados cruel y masivamente en beneficio de los bancos? ¿Podría no haberse quemado a lo bonzo, y conservar la vida, el «gorrilla» de Málaga, albañil en paro que no sabía ya cómo dar de comer a sus hijos?

Las cuentas, en una república ordenada, tienen que cuadrar, pero antes que las cuentas, los términos de la decencia política y del respeto debido a los seres humanos, siquiera por el simple hecho de serlo. Sin eso, no hay cuentas públicas, sino una herida por la que se desangra sin remedio, en lo social, en lo económico, en lo cultural, en lo político, un pueblo.

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