Antonio Casado – Todos al tren.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

A nadie se le ha ocurrido establecer insidiosos paralelismos a cuenta de la política que se hacía en otros tiempos sobre las vías de un tren. Hubiéramos evocado inevitablemente el histórico encuentro de Franco con Hitler en vísperas de la segunda guerra mundial. Mejor así. Tampoco desmerece la ocasión del encuentro Rajoy-Mas, con motivo de la inauguración del AVE Barcelona-Figueres, como alimento de columnistas. La metáfora del tren siempre fue muy poderosa desde el punto de vista literario y político. Símbolo del acercamiento entre los hombres y las tierras de España. Así lo hubiera dicho nuestro dictador de cercanías, que en gloria esté. Pero los tiempos han cambiado. Y ahora Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno de la Nación, prefiere hablar de los raíles del tren como «vías de entendimiento». Por si Artur Mas pone la oreja y se aplica el cuento.

Me temo que no dio resultado. Horas después de esta cumbre ferroviaria, apadrinada por el príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, quedaba prácticamente listo el borrador de resolución que la próxima semana se votará en el Parlament para proclamar que la soberanía nacional reside en el pueblo catalán y, por tanto, tiene derecho a ser consultado sobre si quiere o no ser una unidad de destino en lo universal al margen de España.

Rajoy, a lo suyo. De las dos coordenadas que inspiran su forma de afrontar el desafío secesionista, aplicar la ley y evitar el choque de trenes, en el acto inaugural del AVE a Figueres aparcó las apelaciones a la legalidad y se quedó solamente con la alusión ferroviaria. Es lo que tocaba. Así que aprovechó la metáfora del tren como saludable desbordamiento de fronteras y acortamiento de distancias entre personas haciendo un canto a las ventajas de este nuevo AVE que «sirve para abolir distancias y unir territorios».

Estaba claro que con esas palabras Rajoy le estaba diciendo a Mas que marcar distancias y separar territorios va en contra del rumbo de la historia y no trae más que desgracias. El presidente de la Generalitat hizo oídos sordos y, a su vez, puso la metáfora ferroviaria al servicio de sus intereses. De modo que el arranque del AVE Barcelona-Figueras le sirvió para presumir de vocación europeísta de los catalanes, aunque la factura la pagan todos los españoles. La cantidad invertida por el Estado asciende a 3.700 millones de euros, pero Mas habla de la nueva infraestructura como si fuera un esfuerzo exclusivo de Cataluña a mayor gloria de su aspiración soberanista: «Esta conexión con Europa muestra la aspiración europea de Cataluña. La unidad de mercado no la hemos de buscar en los Estados tradicionales sino nosotros a escala europea».

Podría haber recordado la escasa vocación europea de la Cataluña invadida por los franceses cuando la rescató el Estado español en 1697 a cambio de perder Haití. O de la Cataluña que un siglo después abrazaba la causa borbónica del Estado español frente a la Revolución Francesa. Pero así es de sectaria la memoria histórica del nacionalismo.

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