Fernando Jáuregui – La dimisión que le piden a Duran.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

El «caso Pallerols» está desvelando muchas de las miserias de la vida política (y judicial) española. Es, simplemente, escandaloso que la Justicia tarde veinte años en sentenciar un caso «político», como resulta inaceptable que un pacto fiscal diluya cualquier responsabilidad en este «affaire», del que todos salen (más o menos) inmaculados. Se ha dado carpetazo a un tema que introduce muy serias dudas sobre el comportamiento ético de uno de los dos partidos que componen el Gobierno de Cataluña, Unió Democrática. Y que pone a los pies de los caballos a su presidente, Josep Antoni Duran i Lleida, quien, allá por el año dos mil, prometió dimitir si se probaban implicaciones de su partido en el asunto del fraude de los cursos de formación de Fidel Pallerols y la consiguiente financiación ilegal de UDC por esta vía. Son muchos ahora los que le recuerdan a Duran aquella promesa y le exigen que la cumpla. Puede que ética y hasta estéticamente sea comprensible este clamor dimisionario. Políticamente, me parece un error.

Pienso que ni Duran debe dimitir de ninguna de sus actuales funciones -porque no faltan quienes, acusándole de una «tentación independentista» quisieran verle incluso fuera de la Comisión de Exteriores del Congreso de los Diputados- ni conviene demasiado hostigarle «desde Madrid», achacándole culpas que sin duda tienen que ver con una «negligencia in vigilando», pero que sería difícil demostrar que sean principalmente suyas. Siempre he pensado que Duran es un hombre de Estado, quizá algo venido a menos. Puede que mantener el delicado equilibrio que él trata de lograr en un ambiente políticamente tan irrespirable como el catalán sea, simplemente, algo semejante a lo imposible. Pero me parece que Duran i Lleida sigue siendo «nuestro hombre en Cataluña», el último asidero antes de que Artur Mas, lanzado de pleno a la demencia, se despeñe en su «vendetta» independentista y, de paso, ponga a todo el Estado en un aprieto de enormes proporciones.

Es, creo, un error empujar en los brazos de los extremistas a Duran, que, salvando sus patentes errores y contradicciones, cumple suficientes cotas de respetabilidad, haciéndole aparecer como un corrupto sin más. No lo es, pienso, al menos en un contexto, el de la política catalana, en el que las irregularidades, a lo que se ve, son bastante frecuentes y aún más descaradas y clamorosas que el «affaire» que comentamos.

Claro que no estoy, todo lo contrario, pidiendo hacer la vista gorda ante la corrupción, las corruptelas o las simples conductas «chocantes». Por supuesto que no voy a aplaudir a un político que no cumple lo que dice que hará, aunque lo haya dicho hace más de una década. Lo que afirmo, simplemente, es que el señor Durán es, si él quiere -que ya ni de que quiera estoy seguro-, el único que puede frenar la locura en la que, desde mucho antes de que Artur Mas se hiciese cargo -es un decir- del timón, ha caído la política catalana. Llámeme usted, querido lector, si le parece bien, utilitarista; incluso, si le parece, oportunista. O políticamente incorrecto. Pero pienso, y me creo en la obligación de decirlo, que Duran, que ni es independentista ni ha renegado nunca de ser español -ahí está, en Chile, representando a España como diputado nacional- puede ser una cuña muy válida frente a la carcomida madera que se ha adueñado de los sillones de la Generalitat y dependencias anejas. Y, especialmente se ha adueñado de ese hombre mesiánico que proclama que no ha escuchado el mensaje navideño del Jefe del Estado porque «tiene cosas más importantes que hacer». Estoy seguro de que Duran, en cambio, sí que escuchó, y muy atentamente, aquel histórico rapapolvo del Rey a la clase política. Y que tomó nota.

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