Rosa Villacastín – El Abanico – La muerte del diseñador de sueños.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

¿Qué puede llevar a un hombre joven -46 años-, atractivo, inteligente, exitoso, maduro, con dinero, reconocido en su profesión, a clavarse un puñal en el pecho, en el baño de un ambulatorio de Sitges? Seguramente una grave depresión que posiblemente ni sus íntimos conocían, motivada por la presión a que se ven sometidos los grandes diseñadores, por sus propias empresas, que lógicamente desean expandirse y obtener más y más beneficios, si quieren sobrevivir en un sector tan sensible a los cambios, y a la crisis económica.

O quizá se deba simplemente a que cumplidas todas sus metas, todos sus sueños, Manuel Mota no encontró razones para seguir luchando, para seguir viviendo. De ahí que el suicidio fuera meticulosamente planeado, que escribiera cartas a su pareja, a su familia, y a los Mossos de Escuadra, en las que les explicaba las razones que le llevaban a tomar una decisión tan dolorosa, en un lugar tan sórdido, sin tener a nadie a su lado que pudiera convencerle de lo inútil de su acción, y mitigar de alguna manera su angustia y su desesperación.

Una historia de la que iremos conociendo más detalles, que ha consternado a todos aquellos que le admirábamos y queríamos, y a quien tuve la oportunidad de conocer en sus inicios y después cuando era ya un diseñador prestigioso, de quien siempre he tenido la misma opinión: Manuel Mota era un hombre discreto, amable, al que la fama apenas si había cambiado, a quien no le gustaba la vida social, que le gustaba alimentarse del arte para diseñar sus trajes de novia, que han lucido algunas de las mujeres más guapas del panorama nacional, como Genoveva Casanova, Penny Lancaster (la mujer de Rod Stewart), Ariana Artiles, Caritita Goyanes, Amalia Bono, Charise, la nuera de Isabel Preysler, entre otras.

El caso de Manuel Mota no es único, es más, me atrevería a decir que es algo habitual que grandes genios de la aguja pongan fin a su a su vida, incapaces de soportar los vaivenes de la profesión, del amor, o del olvido, ya que antes que él murieron de forma violenta o inesperada el propio Cristian Dior (de quién dicen que cayó como fulminado por un rayo después de un maratón sexual), Alexander Moqueen, Gianni Versace, o el alemán Rudolph Moshammer, favorito de José Carreras y Gustavo de Suecia.

Vidas rotas, pese al lujo que les rodeaba, lo que demuestran que más difícil que alcanzar la fama, el reconocimiento, el prestigio, es saber asumir los cambios, las presiones, con naturalidad. Manuel Mota parecía que lo había conseguido, pero no. Tras su amplia sonrisa, sus ojos siempre abiertos a cualquier innovación, su capacidad creativa para situar a Pronovias en el número 1 del sector, decidió por sorpresa poner fin a su vida, y seguramente a un dolor que le asfixiaba, que le impedía levantarse cada mañana con ilusión renovada. Un dolor que solo él conocía y padecía, y al que decidió poner fin de forma drástica, y sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo.

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