Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Un millón para el mejor.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Alfredo Pérez Rubalcaba, el secretario general del PSOE y aún cabeza de cartel de su partido ante unas elecciones, ha trazado un plan, que yo reconozco como ambicioso, para recuperar la confianza del electorado, hacer retornar a militantes huidos y, por qué no, ganar los próximos comicios o, al menos, evitar el desastre que concitan ahora los socialistas ante las urnas. Conozco a Rubalcaba -y quién no_ desde hace años, valoro su coraje político y tengo de su honradez y moralidad un concepto bastante más elevado del que, al parecer, tiene la media de la ciudadanía. O, para ser exactos, en estos momentos creo que solamente él puede hacer renacer al PSOE de sus cenizas. El y, claro está, un grupo de colaboradores, y hasta de críticos, algo más numeroso y especializado de lo que actualmente vemos.

Pienso que la principal debilidad del líder socialista no es el desastroso pasado de pésima gestión vivido durante la etapa Zapatero: algún día la Historia, que siempre se toma su tiempo, diseccionará lo que estuvo mal, que fue sin duda mucho; lo que estuvo bien, que algo hubo, aunque poco, y lo que era inevitable, que fue bastante. La principal debilidad de Rubalcaba son sus colaboradores y sus adversarios internos, la mala comunicación con la sociedad y el desánimo generalizado entre los militantes y simpatizantes, que piensan que, hoy por hoy, apoyar al PSOE sirve de poco, y eso que las encuestas, valgan para lo que valgan, ofrecen enormes calabazas a la gestión del Gobierno de Mariano Rajoy.

Lo cierto es que Rajoy, con todos los suspensos que usted quiera entre la opinión pública, comunica mejor que Rubalcaba, tiene más medios a su favor -ya se sabe que el maillot amarillo da alas_ y empieza a poder proclamar que algún «brote verde» se ve en el horizonte económico. Lo que no da es ninguna solución, que se perciba al menos, para la enorme crisis política que vive la sociedad española.

Y ahí es donde quiere entrar Rubalcaba, con su llamamiento a «un millón» de colaboradores para poner en marcha una estrategia de renovación que pase incluso por una profunda reforma constitucional y una drástica modificación del ordenamiento territorial. Caray, ya podía haberlo dicho antes, exclamamos todos. «No se puede gobernar y planificar reformas de fondo al mismo tiempo», me respondió alguien que pasa por estrecho colaborador del secretario general del PSOE y ex vicepresidente del Ejecutivo socialista cuando le espeté que todos esos cambios se podrían, al menos, haber anunciado en los tiempos en los que Rubalcaba era el vicetodo.

Ahora, en cualquier caso, le toca esa ingrata labor de hacer una oposición en la que ofrece colaboración al adversario -lo que sus enemigos internos utilizan a fondo para intentar desprestigiarle_ y un plan de futuro que debería estar mucho mejor articulado de lo que ahora aparece. No puede ser, por ejemplo, que cada virrey territorial socialista publique su propio «plan federalista». Y esto, ya digo, es apenas uno de los muchos ejemplos que podríamos poner sobre la mesa.

Yo creo que Rubalcaba se quemará en el intento y que no será él quien surja de las primarias del año próximo -¿por qué esperar tanto? ¿es que hay que pulir a alguien para llevar a cabo el asalto?_ para enfrentarse de nuevo presumiblemente a Rajoy, si ese es el caso. Rubalcaba, más muerto que vivo políticamente -aunque vivo sigue, como se vió en el comité federal del sábado-, tiene que ganar aún bastantes batallas, como el Cid.

Pero no lo hará si no logra poner en pie ese formidable ejército de un millón de personas, nada menos, que reclama. Ocurre que la conciencia política española no es la francesa, capaz de pagar un euro por votar en unas primarias apasionantes que dieron la victoria a Hollande mientras aquí esas primarias se escamoteaban. Ni la sociedad civil española, desorganizada y más ejército de Pancho Villa que otra cosa, es algo que pueda recaudar así como así un millón de personas dispuestas a colaborar por las buenas en un proyecto como el que se pretende, la regeneración de la política española. Recuerdo aquel programa televisivo famoso, «un millón para el mejor». Pero ¿es Rubalcaba el mejor?

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