Antonio Casado – Corrupción a todas horas.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Estamos viviendo de nuevo el síndrome de la corrupción. En la calle no se habla de otra cosa. Una agravante: las fechorías de los personajes públicos se relacionan inevitablemente con la desigual carga de sacrificios impuesta a los ciudadanos en la política oficial contra la crisis económica. O sea, corrupción política en la España del paro, la recesión, la desigualdad y la pobreza. Una mezcla insoportable. Pero mezclados los dos planos aparecen en los comentarios de la gente.

El síndrome arrasa. Por la parte que le toca, pone al Rey en peligro de convertirse en un juguete roto. Y en términos políticos resulta que la corrupción se ha ganado ya el cuarto puesto en el ranking de los principales quebraderos de cabeza de los españoles. Llevamos una temporada bien servida: Roca, Fabra, Urdangarin, Bárcenas, Mata, Pujol, Correa, Guerrero, Pallerols, Millet, etc. Y así hasta doscientos personajes imputados, de los que solo cuatro están en la cárcel.

Demasiados nombres para la vergüenza de tenerlos que asumir como datos obstinados de una realidad: la desprotección del ciudadano, nunca compensada por las eventuales sentencias judiciales con posterior tendencia al indulto gubernamental, que así aparece parece como una corruptela más. El pagano es el de siempre, ese españolito curtido en las penalidades para llegar a fin de mes, si es que no ha perdido ya su puesto de trabajo e incluso su vivienda por impago de hipoteca.

Los medios de comunicación nos sirven a diario episodios cada vez más indigestos para la proverbial capacidad de aguante de los ciudadanos. Se trata de comportamientos contra la ley, la ética o la estética. Quiero decir que no siempre se trata de presuntos delitos. Eso, en todo caso, lo dirán los jueces. Pero a menudo sólo por las apariencias el ciudadano tiende a ponerse en lo peor. Que los hijos de Jordi Pujol sean millonarios antes de cumplir los cuarenta, que el presidente madrileño, Ignacio González luzca ese tren de vida con un sueldo de 4.800 euros al mes, que el virtuosismo contable de Bárcenas sea suficiente para atraer a una cuenta personal en Suiza nada menos que 22 millones de euros ajenos, que Urdangarín aproveche su parentesco con la Casa Real para desviar dinero público a su bolsillo privado (por supuesto, con la cooperación necesaria de los gobernantes), son motivos más que suficientes para encharcar las secciones políticas de los medios de comunicación.

Lo último es el caso de Luis Bárcenas ex senador por Cantabria y ex tesorero del PP. No sé si estará en paz con la Hacienda Pública, como dice. Con quien no está en paz es con su ex jefe, Rajoy, y con su ex partido, por mucho que la secretaria general, Dolores de Cospedal, diga que es un asunto particular de Bárcenas porque ya hace más de dos años que perdió la militancia. La excusa es absurda. Si la dirección del PP se empeña en mantenerla, nadie se va a creer su discurso de supuesta beligerancia contra la corrupción venga de donde venga.

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