Feminismo de género: una cuestión política


Que vivimos bajo la dictadura de lo políticamente correcto, víctimas además del uso y abuso orweliano del doble discurso, es algo sabido y que venimos denunciando desde que los diseñadores del nuevo paradigma antropológico han colocado a sus títeres en los centros de poder con el fin de cambiar la concepción de la propia naturaleza del ser humano.

Viene este artículo a propósito de la polémica suscitada por las palabras del obispo de Córdoba, don Demetrio Fernández González, sobre el feminismo radical: «… la ideología de género destroza la familia, rompe todo lazo del hombre con Dios a través de su propia naturaleza», como es el sexo con el que se nace, «sitúa al hombre por encima de Dios, y entonces Dios ya no es necesario para nada, sino que hemos de prescindir de Él, porque Dios es un obstáculo para la libertad del hombre». Estoy de acuerdo con monseñor, y creo que se queda corto, muy corto. La ideología de género es tan perniciosa que me atrevo a definir como el plan más perverso de cuantos se han implementado a lo largo de la historia, porque engloba todos los elementos destructivos contra el ser humano. Su fin es acabar con la polaridad sexual, el matrimonio, la familia y la religión.

Poco tardaron los alguaciles del sistema en levantar sus voces contra el Obispo por atreverse a recordar a sus fieles la doctrina de la Iglesia en esta materia. Si es que vivimos en un mundo al revés. Ya está bien de permitir que estos progres intolerantes nos impongan la mordaza. O sea que, día tras día, tenemos que tragar los contenidos inmundos y deformantes de los canales televisivos de mayor audiencia –en horario protegido reforzado, además—, y cuando alguien se atreve a decir una verdad, absoluta para más señas, casi le crucifican. Eso sí, echo en falta el apoyo público por parte del resto de los obispos, máxime cuando el feminismo radical fue un tema tratado en la Asamblea de la Conferencia Episcopal del pasado marzo, problema que preocupa en el Vaticano, y no es para menos.

Me parece bien intencionado don Demetrio –e incluso generoso— al pedir, a través de un comunicado emitido por el obispado, un “debate público sobre el feminismo de género […] fuera del ámbito político”, pero a la vez, algo ingenuo. Porque el feminismo de género sí es una cuestión política de hondo calado y solo cabe su análisis desde una dialéctica postmarxista.

Hay que decir de entrada, para quienes no estén familiarizados con esta ideología, que nada tiene que ver con el feminismo de equidad, que persigue la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Este movimiento radical surge a finales de los años sesenta cuando un grupo de feministas se desmarca de lo que hasta ese momento había sido el movimiento feminista reivindicativo en todo el mundo. Nace entonces el feminismo político radical que tiene su germen en la nueva izquierda surgida después de mayo del 68. Las feministas radicales se adueñaron ilegítimamente del movimiento feminista “positivo” que hasta ese momento había luchado por los avances de la mujer. Para las feministas radicales lo femenino y la feminidad deben ser erradicados de la mujer. Todo lo femenino debe ser reconstruido, porque, según la teoría feminista, la mujer es un invento del hombre. Es un feminismo antifemenino que repudia la idea natural de la mujer. Este feminismo radical reivindica la desaparición de la polaridad sexual, el sexo libre, el aborto y la erradicación del matrimonio, la familia y la religión. Estos mal llamados avances de la mujer se fueron imponiendo de manera velada en las “Conferencias de las Naciones Unidas” sobre la mujer, de manera subrepticia, sin debate previo y con muchas opiniones en contra.

El feminismo radical tiene su origen en el “lesbianismo radical”. De hecho, casi todas las mujeres impulsoras de este movimiento han sido, o son, lesbianas o bisexuales. Por eso el feminismo radical tiene como aliados al poderosísimo lobby gay y al movimiento “queer”, en unión simbiótica.

Aunque todas estas ideas se vienen gestando desde los años sesenta y se divulgan a través de libros o foros universitarios, es en 1975 cuando se empiezan a imponer socialmente. Este año tiene lugar en México la “Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer”. En ella se adoptaron algunas medidas, aunque muy tímidas, que nada hacían presagiar el final de estas políticas feministas. En 1979 la ONU adopta el Movimiento de Liberación Femenina para la Eliminación de toda Forma de Discriminación de la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés), al que se sumaron más de ochenta países en los cinco años siguientes.

En 1985 la “Asamblea de las Naciones Unidas” convocó a las mujeres del mundo a una conferencia en Nairobi para analizar los resultados de la “Década de la Mujer”. Asistieron unas 13.000 mujeres, casi todas feministas. Fue una conferencia racista, según la opinión de la activista provida Valerie Riches, que tuvo como tema principal el control de la población.

En los años siguientes se impuso ferozmente la ideología de género que obliga a todos los gobiernos a revisar toda la literatura de las instituciones públicas y privadas de acuerdo a la perspectiva de género.

Del feminismo de género surge el movimiento “queer” que lo hace más radical a la vez que caricaturesco. Se gesta en EE.UU. entre los ochenta y los noventa en los ambientes universitarios de la nueva izquierda promovida por colectivos de gays y lesbianas –más radicales aún que los del 68—que pretendían ampliar el concepto de cultura en el sentido de mayor diversidad e “inclusión de la diferencia”. Así, en una facción quedaban los clásicos marxistas y heterosexuales (normales), es decir, la izquierda reformista que lucha, a su manera, por un mundo mejor, mientras que la otra aglutinaba todo lo considerado marginal y pervertido: gays, lesbianas, transexuales y demás personajes antisistema, sin ningún tipo de moral. Los “queer” no luchan por integrarse en la sociedad y que se les reconozcan sus derechos, sino por apartarse de los valores clásicos de la sociedad. El día del orgullo gay con toda su parafernalia charlotesca es un claro ejemplo de la filosofía “queer”. Su máximo icono es Foucault, homosexual como todos sus ideólogos, seguidor a su vez del Marqués de Sade.

Las feministas de género consideran que el sexo es un instrumento de poder. Como no se puede hacer desaparecer la polaridad sexual, hagamos aparecer el género, parecen decir. Así surge la teoría del “constructo social”, según la cual, nadie nace hombre o mujer; todo es debido a construcciones sociales artificiales por intereses del patriarcado imperante. Así se crea la revolución del feminismo socialista del que España es un ejemplo, para mal.

LA DIALÉCTICA DEL SEXO COMO IDEOLOGÍA POSTMARXISTA

Si Marx decía que toda la historia es una lucha de clases y que éstas sólo se abolirían cuando los oprimidos instaurasen su dictadura contra los opresores, el discurso que sostienen las feministas radicales es que la sociedad sólo será justa y equitativa cuando desaparezcan las diferencias entre hombres y mujeres –que no existen como tales de manera natural—, y se implante la dictadura del género. Sostienen que acabar con el género es poner fin al patriarcado, teoría desarrollada por Kate Millet, basada en Engels que en el siglo XIX estableciera las bases de unión entre marxismo y feminismo.

Aunque el feminismo radical tiene su origen en el pensamiento de personajes del siglo pasado como, Mead, Sanger, Beauvoir o Kinsey, más otros que han ido aportando su ideología, la auténtica construcción se debe al pensamiento de tres mujeres: Germaine Greer que, a través de la revolución sexual propone un cambio de sociedad; la citada Kate Millet, autora del concepto de patriarcado como modelo de opresión a la mujer; y Shulamith Firestone que aglutina el pensamiento de las anteriores y crea la dialéctica del sexo, como ideología postmarxista. A partir de aquí se identifica el feminismo con “el amor libre, la contracepción, la despenalización del aborto, el divorcio libre o la reproducción artificial, convirtiendo así toda la política en política sexual”. Germaine Greer, tras luchar toda su vida por la implantación del feminismo radical, en su último libro Sexo y destino abandona sus ideas radicales y propone la maternidad, la familia y el control de los instintos.

El feminismo de género, como ya expresé, retoma la idea de la lucha de clases. Según este movimiento, la mujer vive atrapada en un sistema patriarcal que la oprime y que, lejos de mejorar, empeora con el paso del tiempo. Según estos grupos de presión, el género es una construcción libre de ataduras, una creación cultural que no está determinada por el sexo. Así, femenino no se identifica con mujer, ni masculino con hombre sino que “hombre y masculino” pueden referirse tanto a un cuerpo masculino como femenino, y mujer y femenino, lo mismo. Se trata de roles sociales construidos artificialmente.

La feminista y profesora de Derecho de la Universidad de Toronto, Rebecca J. Cook, asegura que no hay dos sexos sino cinco –algunos ya apuntan que más, incluido el practicado con animales al que pretenden dar rango de legalidad— y que no se debe hablar de hombre y mujer, sino de mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales, y bisexuales y transexuales de amos sexos. Aboga porque la concepción de los sexos masculino y femenino sea abolida. ¡Y vamos camino de ello!

Una de las grandes impulsoras de este movimiento es la feminista radical Judith Butler. Su libro Gender Trouble: Feminism and the Subversión of Identity (“El problema del género: el feminismo y la subversión de la identidad”), se utiliza como libro de texto en programas de estudios femeninos de varias universidades norteamericanas desde donde la ideología de género es proyectada al resto del mundo. La relación entre el feminismo radical y la universidad ha sido una constante en los últimos años. Los departamentos de women studies han sido vitales para expandir la ideología de género en todo el mundo.

Los foros elegidos por las impulsoras de la ideología del género para “colar” sus extravagantes teorías y lanzarlas a todos los confines del planeta fueron las conferencias sobre la mujer de Viena en 1993, El Cairo en 1994 y Pekín en 1995. Esta última fue definitiva. En ella participaron alrededor de 184 países y unas 2.000 ONGs. A partir de ahí la perspectiva de género ha ido permeando obligadamente en los tejidos sociales y culturales de las naciones desarrolladas y empieza a calar en los países en vías de desarrollo.

Cuando en la “IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer” se les pidió a sus defensoras un esbozo sobre la perspectiva de género, las feministas esgrimieron sus reivindicaciones y críticas al “viejo” feminismo: “La teoría feminista ya no puede limitarse a proclamar una tolerancia del lesbianismo como estilo alternativo de vida o hacer alusión y mostrar a las lesbianas. Se ha retrasado demasiado una crítica feminista de la orientación heterosexual obligatoria de la mujer. […] El género se refiere a las relaciones entre hombres y mujeres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo. […] Las diferencias entre hombres y mujeres responden a una estructura cultural, social y psicológica y no a condiciones biológicas. […] No existe el hombre natural o la mujer natural. […] Se habla de un continuum de intersexos “cuyo punto medio es el hermafroditismo”. De acuerdo a estos postulados, la heterosexualidad y la procreación no es algo natural sino una “construcción social biologizada”. Estos asertos crearon gran confusión en la sala y muchos delegados pidieron conocer más a fondo un tema nuevo que parecía ser un coladero para implantar determinadas ideas referidas a la orientación sexual. En síntesis, se propuso que el hombre y la mujer, tal y como han sido considerados a lo largo de la historia, no existen por naturaleza. Y si la esencia femenina no existe, y la esencia masculina tampoco, no se puede hablar de un sexo superior a otro porque no existe una forma natural de sexualidad humana. “El sentido del término género (masculino y femenino) ha ido evolucionando de la palabra sexo. Los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio. Esta es la nueva realidad”, argumentan.

La exdiputada izquierdista estadounidense, ya fallecida, Bella Abzug, consiguió “hipnotizar” a la concurrencia con su torrente de ideas nuevas y sus pretensiones de cambiar el pensamiento social establecido. Los promotores de esta ideología suelen usar un lenguaje engañoso y de dudosa sintaxis para que no resulte fácilmente comprensible y así infiltrarse más fácilmente y “colar” sus propuestas. No obstante, hay que reconocer la oposición de los delegados católicos de algunos países, y de la Santa Sede, que vieron en los panfletos feministas una afrenta social a los valores humanos, sobre todo, cuando comprobaron que se eliminaban del documento las palabras esposa, marido, padre y madre.

Hay que destacar la oposición férrea de las mujeres provida que participaron en la Conferencia y que quedaron completamente aterradas por los conceptos allí expuestos. La directora del Independent Women Forum, Barbara Ledeen, defensora de los valores femeninos, reconoció la radicalidad de estas ideas que atacan directamente a la familia. La española Cristina Alberdi, entonces ministra de Asuntos Sociales fue la portavoz de la Unión europea en Pekín por presidir España en ese momento la CEE. Defendió la ideología de género al más puro estilo “queer”, doctrina que no comparten la mayoría de los países de la Unión Europea. Pero así se escribe la historia.

Homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y travestidos conforman, según el colectivo, formas alternativas de sexualidad. Esta concepción amorfa de la persona promueve y justifica todo tipo de comportamientos sexuales por muy aberrantes y perversos que sean. A esto ya nos hemos ido acostumbrando en los últimos tiempos pues los programas de televisión nos muestran continuamente los nuevos ejemplos de sexualidad.

ABOLIR LA FAMILIA, OBJETIVO DEL FEMINISMO DE GÉNERO

Pero su radicalismo va mucho más allá y no les duelen prendas al decir que los marxistas se equivocaron porque en su teoría de la abolición del sistema de clases, si bien reivindicaban la eliminación de la propiedad privada, el acceso de la mujer al mundo laboral, el divorcio, la colocación de los niños en guarderías y la prohibición de la religión, no habían atacado directamente a la familia, verdadera causa de la existencia de clases. Este punto es el mayor fracaso del marxismo, según estas ideólogas del género.
Por eso, destruir la familia tradicional es uno de sus fines más perversos. Para ello consideran necesario que las mujeres reivindiquen el total control y posesión de sus cuerpos, el control femenino de la fertilidad, tanto por vías naturales como tecnológicas, el control y cuidado de los niños y el aborto a petición.

Esta ideología está permeando en nuestra sociedad silenciosamente. No ha llegado mediante un decreto acompañado de titulares de prensa sino que se está instalando en nuestras mentes de manera subrepticia. Hoy, en cualquier centro educativo del más pequeño pueblo de España se inculcan ya estas ideas, sutilmente camufladas bajo el disfraz de derechos del niño y políticas de igualdad. Se ha impuesto ya un léxico machacón de lo políticamente correcto. Así, se habla continuamente de juguetes sexistas y de comportamientos sexistas. A los maestros se les ha sensibilizado en este sentido y actúan creyendo que están contribuyendo a crear una sociedad más equitativa cuando, en realidad, lo que se persigue es imponer un plan perverso para la sociedad, es decir, deconstruirla, según las propias palabras de las feministas.

Los promotores de la perspectiva de género para deconstruir la sociedad consideran que primero hay que deconstruir las relaciones familiares, la reproducción, la sexualidad, el lenguaje, la religión, la cultura y la educación.

El artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU en 1948 defiende el matrimonio y la familia. En cuanto al matrimonio, dice que los hombres y las mujeres, a partir de una determinada edad tienen derecho a casarse, mediante libre y pleno consentimiento, sin restricción por motivos de raza o religión, y disfrutarán de los mismos derechos. En el mismo artículo se asienta que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Eran los primeros años de la ONU y aún no se había extendido la influencia nórdica, ni Rockefeller había planteado sus nocivas propuestas.

La aversión enfermiza de las feministas hacia la familia queda patente en estas palabras de Alison Jagger, importante activista feminista, autora de libros de texto que se utilizan en cursos feministas en universidades norteamericanas: “El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas […] en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma ´institución de las relaciones sexuales`, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido desaparecerá. La humanidad podría volver a su sexualidad polimorfamente perversa natural”.

Las feministas de género tienen aversión a la familia porque, según su idea, crea y fomenta el sistema de clases al que nos hemos referido, apoyando las diferencias entre hombres y mujeres. Su fin es destruir el concepto de familia porque, en efecto, es en el seno del hogar donde se aprenden las primeras lecciones sobre la vida. Las feministas rechazan la imagen de unos padres que están juntos porque tienen un proyecto de vida en común a partir del amor y la responsabilidad. En la familia se aprende a discernir entre el bien y el mal. Se aprende el valor de la religión. Para las feministas de género este modelo es nefasto y se han propuesto destruirlo porque –dicen—no sólo esclaviza a la mujer sino que condiciona a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural. Por eso, otro de sus fines es el control de la reproducción y el cuidado de los hijos a cargo del Estado donde se les eduque en los nuevos “valores”.

Las feministas de género no buscan mejoras sociales para la mujer; muy al contrario, piensan que los derechos alcanzados en los últimos años suponen un retraso en la implantación de la ideología. La auténtica meta de la revolución feminista no es conseguir la igualdad con el varón sino la desaparición de varones y hembras puesto que “las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importan culturalmente en la nueva perspectiva social de deconstrucción de la sociedad”.

Conclusión: No se trata de ser tolerantes y de que nos acostumbremos a que aquel o aquella que nació en un cuerpo que no es el suyo, como se dice ahora, se cambie de sexo mediante hormonas y cirugía. Tampoco se trata de que los que nacen con una inclinación hacia el mismo sexo, formen pareja y convivan como una familia más, engendrando, adoptando o sin adoptar. No se trata de que nos adaptemos a un mundo, donde, aparte de la familia tradicional, coexistan otros tipos de familia, como los que hemos citado. Se trata de cambiar el mundo para liberar a las mujeres. Para ello hay que eliminar la naturaleza. Y eso se consigue eliminando el matrimonio y la familia tradicional. Eso se consigue haciendo lesbianas, homosexuales y bisexuales desde la cuna. El sexo es únicamente para el placer. Las relaciones sexuales deber ser polimórficas y libres. El aborto, también libre. Todo vale en este nuevo mundo del género, excepto nuestros valores de siempre. Lo peor de todo, y refiriéndonos a España, es que ya es un poco tarde para impedirlo socialmente, aunque no para combatirlo. En el ámbito privado, con nuestros hijos, sí estamos a tiempo pero, debido a la presión exterior, tendremos que trabajar el triple aunque habrá merecido la pena.

Hay otros movimientos feministas que defienden los retos de las mujeres que se deben fomentar, sin perder un ápice de sus valores femeninos. Las mujeres hoy no tienen que demostrar nada. En las universidades son mayoría en alcanzar el título con mejores calificaciones. Giles Lipovetsky asegura en su obra La tercera mujer que esta “ya ha dejado constancia de su capacidad intelectual, profesional, artística y personal”. En efecto, hoy, la mujer ha alcanzado por méritos propios, puestos de relevancia en el mundo de la empresa, la literatura o la política.

Es necesario un feminismo alternativo que abogue por un mundo donde los dos sexos tengan los mismos derechos y oportunidades, conservando cada uno de ellos sus valores y características inherentes. Un mundo, no de lucha sino de entendimiento; no de confrontación sino de diálogo. Un feminismo de complementariedad, como ya postuló la gran Edith Stein en la década de los cuarenta del siglo pasado. En sus conferencias, Stein instaba a las mujeres a no conformarse con una educación mediocre y a estar presentes en todos los campos del pensamiento ya que ninguna profesión les debía estar vedada y era mucho lo que podían aportar a la sociedad. La santa alemana definió a la mujer como complemento del hombre, de la misma manera que el hombre es el complemento de la mujer. Ambos son en sí complementarios, y no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Lo humano se realiza en toda su extensión gracias a la dualidad de lo masculino y lo femenino.

Las palabras de la Madre Teresa de Calcuta en la carta enviada a la Conferencia de Pekín están llenas de amor: “No entiendo por qué algunas personas dicen que la mujer y el hombre son exactamente lo mismo y niegan las bellas diferencias entre ambos. Todos los dones de Dios son buenos, pero no todos son iguales. A menudo digo a las personas que me dicen que ellos quisieran servir a los pobres como yo lo hago: ´lo que yo hago, tú no lo puedes hacer, y lo que tú haces yo no lo puedo hacer. Pero juntos podemos hacer algo bello para Dios`. Así sucede también con las diferencias entre mujeres y hombres. Dios ha creado a cada uno de nosotros, a cada ser humano, para cosas muy grandes, para amar y para ser amado. Pero, ¿por qué Dios nos hizo a algunos hombres, y a otras mujeres? Porque el amor de la mujer es una imagen del amor de Dios. Y el amor del hombre es otra imagen del amor de Dios. Ambos son creados para amar, pero cada uno de una manera diferente. Mujer y hombre se completan mutuamente, y juntos muestran el amor de Dios más plenamente que cualquiera de los dos puede hacerlo solo”. Ni mejor, ni de manera más bella se puede expresar.

Y ya al fin de este largo artículo, solo me queda reiterarle mi apoyo a monseñor Demetrio Fernández. A él y al resto de los obispos los animo a que sean valientes, a que no tengan miedo al mundo de hoy. Necesitamos que el Evangelio esté vivo, no solo en los púlpitos sino también en los medios, donde se bate el cobre y se crea la opinión. ¡Hay que ir a buscar a las ovejas descarriadas!

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
✉ periodista@magdalenadelamo.com
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(02/01/2013)
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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