Fernando Jáuregui – La España muda.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Alguien definió a España como un país en el que lo único que se oye es el run-run de la mayoría silenciosa. El resto, la minoría esa, da la callada por respuesta, existiendo, como es evidente, muchas definiciones del término «callada»: está la del político que no admite preguntas y la del que, admitiéndolas, responde con vaguedades; está la del corrupto que huye en las sombras, la del hombre-importante que se calla emitiendo discursos majestuosos en los que se percibe la nada en el fondo. Pero el silencio, el oficial y el oficioso, es siempre clamoroso. La España muda es una nación que necesita demasiadas explicaciones, toneladas de debate con luz y taquígrafos. Y no los tiene.

Claro que siempre se pueden empeorar las cosas creando sustitutos del silencio para que todo siga en la penumbra. Ya lo decía Churchill: cuando quieras que algo no se averigüe, crea una comisión oficial para investigarlo. Azaña, que era casi tan cínico como el viejo zorro británico, nos dejó otra perla que, en el fondo, significa lo mismo: si quieres mantener algo en secreto, publicalo en un libro. Y, ya que voy de citas, recuerdo un pasaje en el que Oscar Wilde nos presenta a alguien insultando a su interlocutor en un cóctel, sin que este último se entere: está demasiado ocupado mirando a su alrededor en busca de otras personas más interesantes para él que quien le está hablando y, así, no presta atención a lo que se le dice.

Muchas veces, el silencio se envuelve en palabras. Muchas dijo Mariano Rajoy, sin micrófonos indiscretos, a los periodistas que le han acompañado en su viaje a Perú y Chile, pero ninguna, a mi entender y hasta donde se me transmite, digna de ser esculpida en mármol; como ocurre con la comisión de Churchill, él espera a la investigación interna en su partido antes de pronunciarse sobre los escándalos de corrupción derivados de la «trama Bárcenas». Y, en el PSOE, espeso silencio ante el divertido escándalo que ha sacudido a la fundación Ideas, que sin duda las tiene, pero ocultas. Al menos, en este asunto.

Y, así, esta España inexplicada es propiedad de quienes no se atreven a salir a la luz con alternativas, con ideas nuevas, con sugerencias que sean al menos un poco políticamente incorrectas. Si, por ejemplo, Rubalcaba dice que hay que cambiar la Constitución, no falta quien le espete: «haberlo dicho antes, cuando tú mandabas», con lo que se pretende anular la iniciativa, tan necesaria por otro lado. Si alguien en el PP propone crear una comisión anticorrupción, del lado socialista le achacan una voluntad engañadora. Suponga que un banquero o un importante empresario catalán dice que no quiere rupturas, que por qué no se negocia de una vez un cierto pacto fiscal dentro de un clima de concordia; encontrará usted voces que, de un lado y otro, dicen al iluso que se meta donde le llaman y que zapatero a tus zapatos.

Y es que solamente hay una cosa peor que una España muda: la España de Babel. Pues entre una y otra estamos.

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