Antonio Casado – Los vientos de la abdicación.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Malos viento siguen soplando por la parte de El Pardo, donde se encuentra el Palacio de la Zarzuela. Cada vez son más los españoles que lo perciben como anuncio de tempestades mayores. No puede ser más sintomático el hecho de que la abdicación de la reina Beatriz de Holanda, en circunstancias que ni de lejos se prestan al paralelismo, salvo la edad de los protagonistas, haya sido tomada como excusa para especular con una abdicación de don Juan Carlos, que ni está ni se la espera.

Con Botswana en la memoria, arrecia la fuerza de los vientos desencadenados por el caso Urdangarín. Ahora el que sale en las coplas de los tesoreros es el preceptor de las infantas reales, que tiene su despacho en Zarzuela y no parece que con el paso del tiempo haya dejado de ejercer como educador de doña Elena y doña Cristina, incluso más allá de sus respectivos casamientos. Lo que quiere saber ahora el juez que instruye el caso Nóos es precisamente si esa tarea de consejero se extendió también al marido de la infanta Cristina en los asuntos de relevancia penal que están siendo investigados.

Como las malas noticias nunca vienen solas, la Abogacía del Estado también se interesa por la posible comisión de un par de delitos fiscales que podría haber cometido el yerno del Jefe del Estado, y por eso se va a personar en la causa como acusación particular. Uno de los presuntos delitos, por haber declarado ingresos como persona jurídica (Sociedades) y no como persona física (IRPF). Y otro, por hacer trampas para desgravar mediante la elaboración de facturas falsas que no se correspondían con ningún gasto.

Y en esas estábamos cuando a todos los medios de comunicación les dio por debatir sobre una eventual renuncia de don Juan Carlos al trono. Tampoco tendría mayor importancia que se aplicasen al oficio de Rey, un trabajo como otro cualquiera en términos de desgaste físico y psíquico, los protocolos de la jubilación laboral. Pero en estos momentos sería una abdicación por contagio (síndrome holandés) y, habida cuenta de que la imagen de la Corona está seriamente averiada, todo el mundo lo vería como un reconocimiento de culpa por todos los escándalos que han rodeado a la Familia Real.

No es lo mismo irse por cansancio que por desprestigio. Por eso, aparte de que a él no se le haya pasado por la cabeza, ahora no sería oportuno. Y si se le pasara por la cabeza, mejor esperar el enjuiciamiento de Urdangarin y una cierta mejora del carisma del Rey. Es lo que pasa con el torero. Mejor irse cuando las cosas le están saliendo bien, dejando claro que se va porque quiere y no porque le eche el público.

Tampoco vendría mal aprovechar la ocasión para desarrollar el punto 5 del artículo 57 de la Constitución: «Las abdicaciones y renuncias, y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden sucesorio, se revolverá por una ley orgánica». ¿A qué espera el legislador?

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