Fernando Jáuregui – Borremos a esa casta de una vez.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

La corrupción está en todos los titulares en estos días azarosos. Y fue el principal ingrediente de la sabrosa sesión de control con la que, tras unas demasiado largas vacaciones, el Congreso de los Diputados reanudó sus sesiones de control parlamentario este miércoles. Creo que fue Madame Roland, en el momento de ser guillotinada por la revolución que ella contribuyó a poner en marcha, la que pronunció la frase «libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre». Ahora tocaría parafrasear, señalando algo así como «corrupción, corrupción, cuántos desmanes se cometen en tu nombre». Me parece que el país está ahíto de irregularidades, de trampas, de mentiras, de latrocinios en nombre de la buena marcha del Estado, pero que solamente sirve para el beneficio de los aprovechados. Ha llegado el momento de poner fin a esta situación y solamente ese Parlamento donde se tiran los trastos a la cabeza con el ya tristemente célebre «y tú más» puede ser el escenario en el que se dé un acuerdo verificable, creíble, sustancioso, eficaz.

Lamenté mucho que, en el primer acuerdo que marcó este 2013 que confío que esté lleno de consensos, solamente «populares» y socialistas pactaran la salida para las «preferentes»; no me extrañaron las quejas del nacionalista catalán Sánchez Llibre, lanzadas, eso sí, en público y de manera extemporánea, por haber quedado fuera de este pacto, ni me sorprenden las críticas de los restantes grupos. Creo que es deber de los dos grandes partidos nacionales procurar que los consensos parlamentarios se extiendan a la mayor cantidad de grupos posible, máxime en momentos en los que algunos nacionalistas -no, ciertamente, el señor Sánchez Llibre- se sienten invadidos por una tentación secesionista.

Ahora tenemos ante nosotros la posibilidad de llegar a un amplio acuerdo contra las prácticas corruptas que enlodan la vida política y destruyen cualquier atisbo de credibilidad en la generalidad de nuestros representantes, por mucho que siempre hemos de advertir que la mayoría son gente honrada y dedicada a lo suyo, que es, por supuesto, lo nuestro. Necesitamos, y la clase política lo necesita aún más que nosotros, los ciudadanos en general, un amplio pacto anticorrupción, que abarque desde la vigilancia extrema en la financiación de los partidos hasta los controles de las actividades públicas hasta del último concejal del último pueblo de España. Son medidas inmediatas, que no excluyen la necesidad de otras de mayor calado -y aquí es, ya lo verá usted, amable lector, donde surgirán las dificultades-: mucha mayor transparencia de los partidos y las instituciones, una forma de gobernar participativa, que la sociedad civil pueda formar parte de esas «comisiones de control» de lo que hacen nuestros representantes… De momento, el proyecto de ley de transparencia, aprobado a bombo y platillo en Consejo de Ministros, sigue su interminable periplo por el sesteante Parlamento, quién sabe hasta cuándo y quién sabe con qué efectos reales cuando finalmente se apruebe.

Mientras este nuevo pacto, que tiene que incorporar también a los nacionalistas de toda laya -faltaría más-, no se haya dado, seguirán cometiéndose desmanes, se les llame corrupción pura, abusos, transgresiones o cara dura, como dicen quienes quieren minimizar la trapisonda propia maximizando, de paso, la ajena, que esa es otra. En el fondo, lo que quieren esos corruptos -ya digo que quiero creer que aislados- es consolidar una casta dominante, olvidando que es el contribuyente quien elige y paga a quienes le representan. Y esa casta es la que tiene que desaparecer cuanto antes de la faz de este país que todos queremos mejor. ¿Es que no habrá consenso para lograrlo?

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