Esther Esteban – Más que palabras – Urnas y dimisiones.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Creo, sinceramente que el presidente del gobierno es un hombre honrado. Ni me imagino a Mariano Rajoy haciendo trampas para escaquearse de pagar hacienda, ni tampoco cobrando, a sabiendas, dinero sucio de procedencia extraña. El sábado, el presidente del gobierno empeño su palabra para intentar convencer a los ciudadanos de que en el PP ni se ha cobrado ni se ha pagado con dinero negro. El problema es que no son buenos tiempos para creer en la palabra dada y son muy pocos quienes, cuando se les pide un acto de fe a ciegas, lo aceptan sin rechistar.

La fe ciega no existe salvo para los muy religiosos, pero cuando hablamos de cosas terrenales necesitamos palpar, verificar y tocar. Dice Bárcenas que la famosa libreta de la vergüenza no es suya y afirma que detrás de este escándalo hay un intento de querer dañar al PP en general, y al presidente en particular. Lo que no dice el extesorero-chantajista es que quien más daño ha hecho, tanto al partido como al presidente, es él mismo, y por mucho que se desgañite y aunque fuera un maestro del arte del disimulo es muy difícil no ver en él o en su entorno la mano que ha movido la cuna de todo este tema.

Detrás que todos los escándalos políticos y de corrupción que ha habido en este país, en la historia de la democracia siempre ha habido alguien despechado bien personalmente, bien políticamente. Yo no creo en absoluto que el diario «El País» o «El Mundo» hayan propiciado una especie de complot, de conspiración con el objetivo de hacer caer el gobierno, legítimamente elegido en las urnas.

Nunca he creído en ninguna teoría de la conspiración y, aunque pienso que la política ha conseguido aflorar lo peor de cada casa, hablar de conspiraciones de la nada sólo sirve para desviar la atención y echar un manto de silencio sobre las cosa que estamos viendo. El problema es que los ciudadanos ni han creído en el desmentido de Rajoy, ni le dan credibilidad alguna al líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando pide que dimita. ¿Por qué? Pues porque su exigencia no ha sido la misma con los corruptos de sus propias filas ni con escándalos de muchos millones, como el de los ERE en Andalucía sin ir más lejos. Si uno no se aplica su propia medicina, tiene muy poca credibilidad y, desde luego, la mínima autoridad moral para solicitar que otros prediquen con el ejemplo.

La política española se ha convertido en un auténtico lodazal donde unos tienen muy poco que reprochar a otros. Y tal vez ahí esté el problema. No es tolerable en una democracia avanzada que se apele continuamente al «y tu más» para defenderse, como no lo es que aquí nadie dimita, salvo en contadísimas ocasiones y cuando ya se esta con el agua al cuello.

El otro día leí que en Francia, durante el quinquenio de Nicolás Sarkozy, hasta cuatro miembros del ejecutivo vieron sus carreras políticas cortadas de cuajo por casos de corrupción. Uno porque le encontraron facturas de 12.000

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