Cayetano González – La pitada como símbolo.


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

No era la primera vez que sucedía y seguramente tampoco será la última. La presencia del Rey y la interpretación de unas notas del himno nacional al comienzo de la final de la Copa del Rey de Baloncesto celebrada el domingo en Vitoria fue aprovechada por una inmensa mayoría de los asistentes a ese evento deportivo para llevar a cabo una pitada que se pudo oír perfectamente tanto en el interior del recinto como por los que seguían el partido por la televisión. El año pasado, durante la final de la Copa del Rey de fútbol en el estadio Vicente Calderón, las aficiones del Barcelona y del Atlético de Bilbao tuvieron la misma actitud, aunque en este caso el que presidió el partido fue el Príncipe de Asturias y no su padre, convaleciente en aquel momento de una operación quirúrgica.

En la pitada al Rey y al himno nacional del domingo en Vitoria, confluyen varios factores. En primer lugar, unos espectadores -no todos evidentemente- vascos y catalanes de ideología nacionalista, que no desaprovechan ninguna oportunidad -mucho más si saben que se está viendo por televisión- para mostrar su rechazo hacia cualquier símbolo que represente a España. En segundo lugar, en el clima político y social que se vive actualmente, dominado por la crisis económica y por los continuos casos de corrupción que también afectan a la Casa Real en la persona de Iñaki Urdangarin y de su mujer, la Infanta Cristina, es muy probable que otros espectadores, no tan ideologizados como los anteriores, también quieran manifestar a través de la pitada, su rechazo al actual estado de cosas.

En tercer lugar, estaría el propio desgaste de la figura, de la persona y de la imagen del propio Rey, cuya popularidad ha descendido en los últimos tiempos, sobre todo a raíz del desafortunado episodio de la cacería de Botsuana. Aunque, muy probablemente, si en el palco del «Buesa Arena» de Vitoria, en lugar del Rey hubiese estado el Príncipe de Asturias, la pitada se hubiera producido igual y con la misma intensidad.

Dicho lo anterior, lo que por encima de todo pone de manifiesto la pitada de Vitoria es la grave crisis institucional que atravesamos, una de cuyas manifestaciones es la falta de respeto hacia las personas y los símbolos que las encarnan. Se podrá argumentar que los nacionalistas nunca se han significado por ser los abanderados del respeto institucional hacia aquello que represente a España y quizás sea cierto. Pero también lo es que en los últimos tiempos todo se ha emponzoñado un poco más. Hay como una especie de «barra libre» para insultar o silbar a los políticos. No digo que algunos no se lo merezcan, pero cuando se llega a ciertos extremos, se entra no en el terreno de la liberad de expresión sino en el de la mala educación y en el de la falta de respeto hacia todo y hacia todos.

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