Julia Navarro – Escaño Cero – Un hombre libre.


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Hay personas que sin pretenderlo se convierten en referentes para la sociedad. Antonio Muñoz Molina es una de esas personas. Yo confieso mi admiración por este escritor y académico por su independencia, sí, su independencia de criterio y su valentía permanente para moverse fuera de los parámetros de lo políticamente correcto.

Cualquier texto de Antonio Muñoz Molina, ya sea un artículo o una novela, lleva a la reflexión, pero sobre todo logra lo más difícil, la sorpresa. El suyo es un pensamiento rico en matices, nada es lineal, sino que el escritor ahonda en lo más recóndito del ser humano.

Creo que quienes somos lectores de Antonio Muñoz Molina no nos hemos extrañado de que decidiera recibir el Premio Jerusalén, uno de los premios literarios más prestigiosos. Lo extraordinario hubiera sido que Muñoz Molina se dejara presionar por los prejuicios de otros, sean quienes sean esos otros, aunque lleven nombres y apellidos rimbombantes del mundo de la cultura.

Solo un hombre verdaderamente libre es capaz de sustraerse a la presión de un grupo de intelectuales de la talla de Stéphane Hessel, Ken Loach, García Montero, Paul Liverty, John Berger, Alice Walker, Breyten Breytenbech o el músico Roger Waters, que firmaron un manifiesto pidiendo a Muñoz Molina que rechazara el Premio Jerusalén porque aceptarlo, según su opinión, sería tanto como avalar la política del Gobierno de Israel contra los palestinos. A esta petición se unían otras de organizaciones de defensa de derechos de los palestinos. Pero Antonio Muñoz Molina ya digo que haciendo un gesto de valentía decidió aceptar el Premio y acudir a Jerusalén a recogerlo. Y es que como él mismo ha dicho la función del escritor, tal y cómo él la concibe, pasa por enfrentarse a las elites y a la ortodoxia dominante, defendiendo la libertad del individuo, y plantándose contra la intolerancia de cualquier signo.

Confieso que mi admiración por Muñoz Molina ha crecido ante este nuevo gesto de rebeldía, de no negarse a que nadie le marque el camino en virtud de unos prejuicios. Muñoz Molina defiende que los palestinos deben de tener su propio Estado en pie de igualdad con Israel, y desde luego está explícitamente en contra de los asentamientos ilegales y de cualquier forma de opresión a los palestinos. Pero como hombre libre rechaza el «pensamiento único» y por eso es capaz de ver más allá de los prejuicios imperantes reconociendo lo obvio: los ciudadanos de Israel no piensan todos lo mismo y hay organizaciones civiles y ONG»s israelitas que también están en primer línea defendiendo los derechos de los palestinos y luchando contra las políticas de sus gobiernos.

Israel es un país plural, es la única democracia en Oriente Medio, con todas sus luces y sus sombras, y rechazar el Premio Jerusalén no ayudaría en nada a la causa de los palestinos. Pero tiene mérito asumir el riesgo de enfrentarse a los intelectuales oficiales, de decir en voz alta que no se pueden hacer análisis simples de la realidad, y que si algo tiene que hacer un intelectual es luchar contra la intolerancia y contra el fanatismo ya sea religioso o político.

En una sociedad donde impera lo políticamente correcto por miedo a ser excluido o señalado Muñoz Molina ha dado una lección de libertad. Comprenderán ustedes que hoy le admire aún más.

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