Esther Esteban – Más que palabras – El notición y la fumata.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Aunque Elena Valenciano ya ha dejado claro que le hubiera gustado valorar otro tipo de dimisión en vez la renuncia del Papa, no todos los días se tiene ocasión de valorar un notición así, ni tampoco se tiene una oportunidad tan magnífica de callarse para no quedar en evidencia. Afortunadamente, todos los líderes políticos mundiales, todos, han tenido más visión de la historia y más altura de miras que la número dos del PSOE y han calificado de histórico y trascendente un acontecimiento que no se producía desde hace siete siglos, desde que el Papa Celestino V renuncio a su cargo. Desde entonces hasta ahora todos los pontífices han fallecido en el ejercicio de sus responsabilidades, por lo que es muy posible que exista un antes y un después del paso dado por Benedicto XVI.

Seguramente, el oscurantismo y secretismo que se mueve en torno al Vaticano nos impedirá saber, al menos de momento, cuáles son las verdaderas razones que han llevado a Ratzinger a tomar esta decisión que ha roto los esquemas y desatado todo tipo de especulaciones. Yo, personalmente, no lo veo como un signo de debilidad sino más bien lo contrario: de valentía. No es frecuente que uno se dé cuenta de sus limitaciones hasta el punto de que, sabiendo que no tiene fuerzas para continuar en el puesto, admitirlo y con ello tomar una decisión de trascendencia histórica. Es verdad que algunos católicos como el exsecretario de Juan Pablo II se ha atrevido a criticar, veladamente, la decisión del Pontífice al afirmar que su predecesor «decidió quedarse en el cargo hasta el final porque pensaba que de la cruz uno no se baja», pero en la sociedad que nos ha tocado vivir se admite mejor ser consciente de las debilidades que llegar hasta el final en un estado calamitoso y que sean otros quienes, aprovechándose de la vulnerabilidad, manejen los hilos. A mí me parece mucho más edificante, que se haya evitado a los católicos el espectáculo despiadado, casi inhumano, al que asistimos con Juan Pablo II.

Dentro de las múltiples teorías que se han manejado sobre su adiós y más allá de los achaques reconocidos que padece, como las complicaciones cardiovasculares, hipertensión, problemas de visión en un ojo, artrosis de cadera, yo me quedo con la que apunta hacia una pérdida preocupante de memoria que, aunque no sea Alzheimer, puede mermar mucho el ejercicio de sus funciones. Sea cierta o no esta tesis, sería la más razonable y lógica en un intelectual de gran calado como él.

Sea como fuere, Benedicto XVI pasará a la historia por esta decisión y también quedará entre los pontífices que han roto moldes. A su llegada se nos dibujó, por algunos, como un radical, un ultraortodoxo que volvería a la Iglesia a los tiempos más oscuros. No se puso un valor que era un intelectual reconocido, un filósofo reputado y un teólogo imprescindible, porque se prefirió presentar como un mero continuista que había arremetido contra la teoría de la liberación. Ahora, ocho años después, hemos visto como ha roto con los esquemas tradicionales y ha abordado el asunto más vergonzoso y terrible de la Iglesia Católica: los abusos sexuales y la pederastia.

Por mucho desgaste que le haya supuesto el robo por parte de su mayordomo de los documentos reservados o la oleada de ira que desataron en el mundo musulmán sus palabras relacionando el islam con la violencia u otros delicados episodios, no creo que sean estas cosas las que han influido en su decisión porque por su trayectoria personal y vital no parece ser un hombre débil.

Benedicto XVI ha roto con la tradición de que el Papa muera en la cruz y tal vez con eso ha posibilitado -al menos en este punto en concreto- la modernidad en la institución que representa y puede ser una oportunidad para que se produzca un relevo generacional en la almendra de la cúpula vaticana. ¡Claro! que eso lo sabremos cuando haya fumata blanca y sepamos el perfil de su sucesor…

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