Fernando Jáuregui – Matar a Mato, rajar a Rajoy.


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Suelo desdeñar las tesis conspiracionistas en la política, convencido como estoy de que lo casual suele primar sobre lo causal. Pero acontecimientos puntuales han desmentido ocasionalmente mi visión bondadosa del mundo, convirtiéndola más bien en una visión despistada a fuer de ingenua. Y, así, hay quien me dice que todo lo que está ocurriendo estos días tiene como base una enorme conspiración para cargarse a Mariano Rajoy, y que los medios que investigan, la oposición que clama y casi todos los demás que no están en el enredo no somos sino comparsa de quienes sí lo están. No lo sé, ya digo que me cuesta aceptar el maquivelismo por principio, aunque no sea más que porque las «operaciones» que se fraguan casi nunca llegan a buen fin.

Y esta podría ser la cuestión ahora, cuando el «caso Bárcenas» se llena de interrogantes acerca de la autenticidad de los ya mundialmente célebres documentos, y cuando el «caso Mato», tan puntualmente aparecido tras el de los papeles del extesorero del PP, parece que se queda sin eso, sin caso. Matar a Mato, como primer paso hacia rajar a Rajoy (el -mal- juego de palabras no es mío), no está resultando tan fácil, y sería la segunda vez que el hoy presidente del Gobierno se libraría de una maniobra urdida para descabalgarle del poder (la primera fue en aquel célebre congreso de los «populares» en Valencia, en 2008). He podido hablar con personas de las cercanías de la ministra de Sanidad y albergo, la verdad, serias dudas acerca de que se haya visto voluntariamente involucrada en viajes, fiestas y confetis varios; quizá haya razones políticas y de funcionamiento para pedirle que dimita (allá Rajoy: creo que debería ir haciendo ya una remodelación bastante amplia de su elenco ministerial), pero me parece que no las hay ni éticas ni estéticas, al menos hasta donde uno, periodista al fin, ha podido averiguar.

Lo de los «papeles» de Bárcenas me resulta aún más misterioso, y conste que en ningún momento se me ha ocurrido cuestionar la pureza y profesionalidad de mis compañeros investigadores de tales documentos. Declaro, de entrada, que seguramente yo hubiera actuado como ellos de haber contado con la información con la que ellos contaron; otra cosa es que, a estas alturas, no se me presente la sospecha de que, acaso, pueda haber, junto a documentos auténticos, otros que no lo sean tanto; y, al tiempo, me pregunto por qué no aparecen algunos nombres que se echan en falta por el cargo que ocuparon bien en el PP, bien en la antigua Alianza Popular. Pero ya digo: en este caso no soy sino un observador con algunas briznas de información que, en el fondo, no son apenas sino poco más que hipótesis.

Quien supongo que sí tiene más información que yo es Mariano Rajoy, que dijo, al terminar la última reunión del comité ejecutivo de su partido, algo así como «tranquilos, que ya sé de dónde viene todo esto». Debería explicarlo; dudo que proceda de fuentes socialistas, por mucho que ahora la oposición haya aprovechado la ocasión para pedir -con la boca chica- la dimisión del presidente. Dudo aún más que pudiera tratarse de una «inventona» periodística: los periodistas podemos tener indicios o informaciones más o menos contundentes, pero difícilmente maquinamos desde el vacío, aun cuando nos sintamos comprometidos con algunas aventuras que nunca deberían ser de nuestra incumbencia. Me parece que el presidente del Gobierno y del PP tendrá que revelar, aunque no sea más que para defenderse, lo que sabe acerca de la procedencia de tanto documento, de tanto informe de la unidad de delitos fiscales de la Policía, de tanta inadecuada filtración judicial.

Claro que no quiero exculpar a quienes se corrompen y nos roban, faltaría más. Pero sí espero exactitud, rigor y veracidad en las acusaciones que se lanzan contra unos u otros. Esa exactitud es la mejor manera de luchar contra la corrupción, mientras que utilizarla para maniobras más o menos de poder, para vendettas subterráneas o para favorecer intereses personales no sirve más que para ventilar la basura, ensuciando a quien acaso no lo merece. Lo menos que podemos pedir los ciudadanos es que las cosas nos queden muy, muy claras, porque lo que no está claro es, inevitablemente, oscuro. Usted ya me entiende.

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