Fernando Jáuregui – Tras el debate, ahora solo queda que funcione el teléfono.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Desde luego, no figuro entre quienes piensan, o dicen, que un debate sobre el estado de la Nación no sirve de nada. Vaya si sirve: permite diagnósticos sobre los deseos de regeneración de una clase política que, si no tuviese que comparecer de cuando en cuando ante las cámaras (de televisión), permanecería anclada en el inmovilismo más total, a la espera de las siguientes elecciones. Y no, una democracia no puede limitarse a votar cada cuatro años y todos tan felices.

Así de claro que el debate sirvió: vimos al pasivo Rajoy moverse, al menos en lo que se refiere a oportunidades para los jóvenes parados y a las propuestas de nuevas medidas contra la corrupción política. Y vimos al activo Rubalcaba más agazapado que nunca; quizá porque quiere, antes de hacer mutis por el foro, facilitar ese pacto que sigue planeando sobre nuestras cabezas. Por eso me cuesta entender que, contra el consejo de Felipe González, de Guerra y de Zapatero, el actual secretario general del PSOE haya pedido, incluso antes del debate, la dimisión de Rajoy, que sabe que ni se va a producir ni debe producirse ahora.

Ahora, tras el debate, intenso y extenso, solo queda todo lo demás. Me gustaría creer, y creo, que el presidente Rajoy se reunirá, más o menos reservadamente, con los actores principales de la política que estuvieron en el debate -Rubalcaba, Josep Antoni Duran i Lleida- y con los que no estuvieron -Urkullu, Artur Mas y los socialistas que impiden que el PSOE tenga una sola voz, como Pere Navarro y José Antonio Griñán; también con los sindicatos-. Y me gustaría creer, y creo, que algunos de estos actores también se reunirán entre ellos para llegar a soluciones consensuadas para este país.

También me gustaría pensar, y pienso, que el jefe del Estado está utilizando abundantemente su privilegiado teléfono para facilitar pactos, consensos, acuerdos, para engrasar voces que a veces chirrían. Pactos, consensos, acuerdos que es de lo que siempre se habla y lo que casi nunca se practica. Como de la lucha contra la corrupción o contra el paro: no basta con proponer medidas por ejemplo de mayor control de las cuentas de los partidos o a favor de los emprendedores si luego no quedan reflejadas en el papel esencial, que es el Boletín Oficial del Estado, y refrendadas por un amplio acuerdo entre los sectores políticos y sociales (que los sindicatos, que ahora renuevan/confirman a sus dirigentes, también tienen una enorme responsabilidad en la necesidad nacional del cambio).

He pasado muchas horas recorriendo los pasillos del Congreso durante el debate. No me interesa que me digan quién ganó el debate, si Rajoy o Rubalcaba; cada grupo, lógico, apoya a fondo y con unanimidad al suyo y denigra al otro. Lo demás son legítimos juegos mediáticos, pero juegos al fin. Lo importante, entiendo, no son solamente las resoluciones que salgan de estos debates, que por cierto rara vez se cumplen; lo verdaderamente decisivo es que funcionen los teléfonos que conducen a los grandes acuerdos de Estado.

Hubo pocas manos tendidas en los debates, y de las pocas que se tendieron ninguna se recogió de manera fehaciente. Pero a ver quién niega que hace falta un pacto anticorrupción, un pacto para reformar la Constitución -parece que Rajoy ya no está tan radicalmente en contra, aunque su actitud demasiado autosatisfecha hace difícil cualquier giro que sea verdaderamente útil-, que hacen falta unos nuevos pactos de La Moncloa, que engloben toda esa nueva concepción laboral que nace en la España emprendedora, que mata a la España hidalga.

Lo que ocurre es que todos esos pactos suponen la consciencia de que estamos en una nueva era, en una especie de segunda transición, esta vez tutelada desde Europa. Y lo que yo no oí en ningún momento de los debates, más allá de las peticiones de reforma a fondo de la Constitución, fue palabra alguna que me dejase la sensación de que los oradores se han dado cuenta cabal de que se ha cerrado una etapa y otra se ha abierto; otra que no admite, entre otras cosas, determinado tipo de discursos que hacen pensar que aquí no está pasando nada, o casi nada.

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