Andrés Aberasturi – Esto es políticamente incorrecto.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

No termino de entender muy bien por qué hay ciertos temas que no se pueden tocar y que, si se tocan, siempre terminan en tormentas, malas interpretaciones, tergiversaciones de lo que uno intenta decir o manipulación descarada. Se puede o no estar de acuerdo con lo que el otro defiende, pero no parece del todo necesario llegar a lapidación generalizada de quién opina algo que no coincide con esa estupidez hipócrita que hemos dado en llamar «lo políticamente correcto». Lo que voy a escribir es justo lo contrario.

No me voy a referir al lamentable suceso de Toni Cantó y su «tuit» que tanta polvareda ha despertado y que, pese a las disculpas ofrecidas por el protagonistas -disculpas y explicaciones de por dónde vino el error- nadie de los indignados reales y de los falsamente indignados parece dispuesto a aceptar. Y es que uno, que no es actor ni diputado, viene manteniendo humildemente una opinión, que no parece del agrado de casi nadie en algunos temas relacionados con la igualdad. Intentar explicar esto desde la coherencia y el sentido común, resulta muy complicado en este país donde lo que más nos gusta es pasar de un extremo al otro sin medir que el salto, en ocasiones es peligroso.

Todo empezó con el tema de la independencia económica de la mujer que se equiparó a su emancipación -y no parece que sea lo mismo- aunque ambas cosas no sólo eran necesarias sino sencillamente de una elemental justicia. Pero una cosa era la execrable legislación que perduró incluso en el primer post franquismo en la que la esposa no podía ni tener una cuenta corriente sin permiso del marido y otra la condena casi unánime de la mujer que quería estar en su casa y con sus hijos en lugar de ganar un sueldo miserable como secretaria sin vocación de un tipo muchas veces impresentable. Si liberar a la mujer era eso, yo no me apunto. Ya sé que es una utopía, pero es que tampoco me apunto a que nadie -sea hombre o mujer- trabaje toda su vida en algo que no le desarrolle como persona, al trabajo en cadena que bendijo el capitalismo porque reportaba muchos beneficios y «socializaba» bienes hasta entonces reservados a unos pocos privilegiados. Esa fue su coartada para esclavizar al hombre. Tampoco me pareció justa la llamada «discriminación positiva» porque por mucho que le añadamos lo de «positiva», la selección excluyente -que eso quiere decir «discriminación»- resulta sencillamente fascista o dictatorial. Reconozco que en esa idea no estoy sólo y la comparten no pocas mujeres. No se trata tanto de buscar resultados inmediatos o directamente fotos y cuotas vendibles, sino de la esencia misma que anima el principio discriminatorio que me parece humillante para la propia mujer.

Y así llegamos a la famosa Ley de Violencia de Género en la que se hace añicos el principio de la presunción de inocencia y se fuerza hasta extremos insospechados la igualdad ante la Ley. La trampa es que frente a esta idea objetiva se ponen los ejemplos ciertos -y objetivos también- de esa lacra atroz que es la violencia de género, pero poco se dice de lo que la mayoría de los abogados (y ahí su Colegio debería haber tomado medidas hace mucho tiempo) admiten como cierto: el consejo de añadir maltrato sicológico para «reforzar» la demanda. Se invierte la carga de la prueba y podría enumerar ahora -no lo voy a hacer porque no quiero caer en la misma trampa de los que me van a crucificar por escribir todo esto- decenas de casos verdaderamente sangrantes de incluso acusaciones de abusos de una hija que nunca se dieron pero que destrozaron literalmente la vida personal, social y laboral del padre al que el juez ni siquiera llegó a escuchar en años. La sentencia absolutoria llega siempre cuando el mal ya es irremediable

Los datos o la forma o lo que sea del tristemente célebre «tuit» de Toni Cantó, pudieron fallar; estoy seguro que fallaron y que, como él mismo dijo, se equivocó. Pero ese error no invalida una realidad que, digan los que digan los ortodoxos de la cosa, se está dando cada día en los juzgados. Y no es una opinión personal; hay mucha literatura escrita sobre el tema, muchos debates jurídicos sobre esa Ley y muchas opiniones más doctas que la mía, que se cuestionan la legitimidad de ese precepto. Dicho queda y ahora sólo se trata de aguantar la lluvia de condenas que me lleguen.

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