Antonio Casado – Tiempo de pícaros.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

No sé si han reparado ustedes en la caja negra de la actualidad maloliente. Por si acaso, les pongo sobre aviso. El hallazgo no puede ser más desalentador. En estos momentos las dos principales instituciones del poder legal y democráticamente establecido, la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno, están en manos de dos indeseables.

Uno es el yerno del Rey, Iñaki Urdangarin, cuyo comportamiento «poco ejemplar» ha metido a la Corona en un insoportable proceso de banalización. Y otro es Luis Bárcenas, el extesorero del PP, que ha puesto contra la pared al presidente, Mariano Rajoy. Alrededor de ellos hay actores secundarios. También dan mucho juego en los medios de comunicación, aunque lo peor de todo es que potencian la sensación de acoso reinante puertas adentro de dos palacetes situados en la zona madrileña de El Pardo: el de la Moncloa y el de la Zarzuela.

En la calle, la gente está escandalizada ante la facilidad con la que se habla de millones que van y vienen a medida que afloran datos nuevos sobre las andanzas del extesorero del PP, en medio de las balbucientes explicaciones de los dirigentes del partido. Lo que domina es una pregunta sin respuesta en boca del ciudadano: ¿De dónde saca la fuerza el barón de la peineta para que el presidente del Gobierno no le repudie públicamente o los dirigentes del PP mientan como bellacos cada vez que se refieren a sus relaciones laborales con el partido?

Si miramos hacia la Casa del Rey, la gente se hace una pregunta similar ante esa derivada del caso Urdangarin que es la aparición estelar de la llamada princesa Corinna: ¿De dónde sacará la fuerza esta mujer para que nadie le haya salido al paso de modo más contundente cuando presume de haberse ocupado de asuntos clasificados en nombre del Gobierno? Una manera como otra cualquiera de quitarse de encima la sospecha deslizada por Diego Torres, el exsocio de Urdangarin, de que estuvo mezclada en los negocios del yerno del Rey.

Mientras tanto, la Corona sigue saliendo en las coplas de la gente. Su carisma se juega entre la palabra de uno y otro pícaro. Con los famosos correos electrónicos entregados por Diego Torres hace unos días al juez Castro, aquél viene a decir que la Casa del Rey conoció, amparó y favoreció los negocios del yerno. Y el marido de la infanta Cristina dice negro sobre blanco, en breves y calculadas palabras, que la Casa del Rey «no opinó, asesoró, autorizó o avaló las actividades que yo desarrollaba en el Instituto Noós». Se admiten apuestas.

Después de la traca palmesana del pasado fin de semana, las cosas deberían volver a su cauce. O sea, al proceso indagatorio sobre las trapacerías llevadas a cabo por los dos exsocios de Noós con la colaboración necesaria de los cargos políticos que les hicieron el juego. Pero la gente no espera a lo que digan los jueces y su opinión se refleja en la alarmante caída de la Corona en el aprecio de la ciudadanía.

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