Rafael Torres – Al margen – Corinna.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, de soltera Corinna Larsen, Corina sin ene para el común, o «princesa Corinna» según le gusta a ella presentarse, ha emergido de los fondos abismales de los altos chanchullos, y ha emergido a la bestia: empezó a hacerse carne visible retratándose con el Rey junto al cadáver de un elefante abatido presumiblemente por el propio monarca, se la entrevió en la penumbra de la noche africana en que éste se averió la cadera, irrumpió con mayor nitidez en los correos electrónicos de Diego Torres, y a partir de ahí su faz tuneada no ha abandonado ya la superficie de la vida corriente, portada de «¡Hola!» incluida, lo cual pudiera atraer graves perjuicios para el oficio que se le presume, el de comisionista o conseguidora en la sombra.

Corinna, «amiga entrañable» del Rey según confesión propia y antigua percepción general, enseña su rostro y sus inquietantes alhajas en publicaciones de toda laya, se apodera de las tertulias que vivían enfrascadas en las cosas de Bárcenas, de Cospedal y de Urdangarin, y se instala en la hora de España, esa hora que últimamente atrasa tanto que ha regresado a los años cuarenta. Lo que nos faltaba. Ella, Corinna, la impagable (o no) intermediaria de grandes negocios por esos mundos y entre cierta gente, viene a distraernos un poco de las delirantes ocurrencias del PP, la última de las cuales es querellarse contra IU porque IU se ha querellado contra él, aunque lo suyo sería que, en vez de distraernos con sus fantasmadas, lo hiciera contando la verdad de sus turbios manillamientos dinerarios en los aledaños de las altas esferas.

Corinna. La que faltaba. Como si anduviéramos escasos de personajes de semejante jaez, o si se prefiere, en atención a su inventada condición principesca, de semejante perfil. Corinna, que tiene toda la pinta de distinguir el brillo de un euro a veinte kilómetros de distancia, y no digamos el brillo de unos cuantos millones, no sólo resulta que vive en España, en El Pardo, sino que encima ahora reclama, en su decadencia de rubia que va de rubia, en la decadencia general de su mundillo, una fama, un reconocimiento, una cosa. Qué horror.

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